Reflexiones Romanas: guía de un Erasmus aventurero (parte 2)

Hacía tanto tiempo que no escribía que casi se me había olvidado el suave trazo del boli sobre el papel (sí, lo escribo a mano y luego lo paso). Con mis dos hermanos recorriendo el mundo antiguo siento una envidia sana que, ahora que estoy encerrado en Madrid, me permite disfrutar de la tercera pata de todo viaje: el recuerdo. Lo bueno de Roma es que al ser eterna siempre puedes habar de ella.


2) Doria Phamphili


Este lugar está fuera de todo recorrido turístico, tan alejado del centro que apenas aparece en esos mapas de papel malillo que pululan por el suelo de la Via del Corso. Un nombre difícil de pronunciar que desaparece en una gran mancha color verde al oeste de las colinas vaticanas. Suena perfecto.


Eso es lo que pensé cuando sentado en mi cama recorría ávidamente con los ojos el próximo lugar especial que Roma me descubriría. Y digo bien, porque sabía que en esa ciudad es difícil marcarse un rumbo fijo, que podía tener un destino pero la última palabra la tenía ella. Hágase su voluntad.


Y desde luego así fue. Es curioso cómo suceden las cosas allí, parece que algo guía tus pasos de una forma tan trascendental que no lo puedes entender, mucho menos agarrar. Tus deseos se escapan de entre tus dedos y sin proponértelo allí estás, confundido por lo que ves tras un recodo pero maravillado al descubrir que es ahí.


Os lo explicaré. Mi universidad, a la que no acudía con el rigor adecuado, se encontraba en un emplazamiento absolutamente único. Nada más salir a la calle y girar la cabeza veías sin posibilidad de omisión la enorme mole de la cúpula de San Pedro. Al otro lado de la mirada, la fortaleza papal del Castillo Sant’Angelo. Pero había algo más, algo que solía escapar a la atención de las almas que pasaban por allí. Una estatua; dorada, enorme y lejana. Parecía una virgen, pero mi vista no alcanzaba a discernir los detalles. Solo sabía que estaba en una colina poblada de árboles y que su vista parecía abarcar todo Roma desde un punto privilegiado.


Durante dos semanas llegar a aquella estatua se convirtió en mi obsesión. Llegué incluso a imaginar que todo había sido un sueño, que en realidad nunca la había visto. No podía encontrarla, preguntaba y nadie sabía de qué estaba hablando, me encontraba pasos cerrados, me inventaba nuevas rutas…un día tras otro. Uno de esos días empezó de forma distinta. Hacía ya un tiempo en que había encontrado un punto desde el que la colina y la estatua eran visibles con facilidad, no eran una ilusión. Como en un ritual, me acercaba cada día hasta el puente de Vitorio Emmanuele y miraba al cielo para orientarme con su posición. Siempre empezaba desde allí, pero aquel día decidí tomar un camino algo diferente.


Normalmente trataba de llegar en línea recta, pensando que una maldita colina debía de tener algún paso por el que subir, aunque fuese con dificultad, pero esta vez rodeé trazando un amplio perímetro siguiendo el poderoso río Tíber. Animado, veía cómo el terreno iba ascendiendo casi imperceptiblemente, cada vez más y más hasta que topé con un muro. En Roma los muros no son como en la mayoría de los sitios, allí miden 10 metros, suelen tener por lo menos 500 años y si los sigues y te descuidas puedes acabar a 10 kilómetros de tu punto de partida. Ya me había pasado alguna vez, pero ese día me arriesgué a acabar en el aeropuerto y continué la ascensión. Tras una media hora más o menos y con la estatua totalmente perdida aparecí a las puertas de lo que parecía un enorme parque. Un hombre mayor salía de él y le pregunté si tenía alguna salida cerca del Vaticano para completar mi infructuosa vuelta, a lo que el hombre me respondió bastante extrañado que estaba “molto lontano”. Con resignación y sin ya nada que perder me interné en el parque.


A la entrada, una placa me introdujo a lo que llamaba Villa Doria Phamphili. Mi resignación se transformó en una mezcolanza de entusiasmo y autocompasión por mis ya maltrechos pies, pues sabía que me encontraba, casi literalmente, fuera del mapa de Roma. Pero pronto eso dejó de importar. La villa era alucinante; una extensión verde y arbolada con senderos que encendían mis chispa de aventura y que recorrí con gusto internándome en un bosquecillo bastante denso, alejado del ruido y de la gente. Cuando salí de entre los árboles no esperaba aquello que me encontré. Una explanada gobernada por un inmenso palacete, fuentes romanas y una capilla de lo más extraña en su arquitectura. Estaba en el centro de lo que luego supe que era la antigua residencia de la familia Phamphili, de noble cuna, poderosa y rica a lo largo de los tiempos.


El resto del día lo pasé vagando por la finca, que acogía un bonito lago y verdes praderas donde por fin vi a romanos practicando deporte o paseando a sus perros. Una vez más, Roma me ocultaba sus secretos guiándome a otros, como si supiese exactamente que yo debía estar allí.




Mario Marty (@mariomartyph)

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