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Los buscadores de tichinda

Juanjo Herranz



PRÓLOGO | ¿Por qué escribir?


Por qué escribir si ya hay obras tan descomunales, totalizantes, bellas. ¿Qué se puede decir del arrepentimiento después de Crimen y Castigo? “¡Feliz el hombre que no tiene nada que guardar bajo llave!” ¿O del absurdo de la vida después del comienzo de Bonsái? “Al final Emilia muere y Julio no muere, el resto es literatura”.


¿Para qué se escribe si, dicen, ya está todo dicho?


La escritora Marguerite Duras tiene una buena respuesta: “Ya está todo dicho, pero aún no lo he dicho yo”. Y André Gide, otro escritor, también contesta: “todo está dicho, pero como nadie escucha, hay que repetirlo cada mañana”. Quizá, pienso, añado, se escribe, simplemente, por poner tu grano de arena en la duna ingente de la literatura. Por poner tu hoja en el libro vivo e infinito de las palabras. Se escribiría, entonces, sin más afán que escribir. Igual que hay arquitectos, aunque difícilmente vayan a construir un coliseo o un Burj Khalifa o una torre inclinada o una catedral. Igual que hay directores de cine, y no van a conseguir que la gente salga corriendo de la sala como los hermanos Lumière, y no van a ganar Cannes ni San Sebastián, ni van a trascender como Coppola. Igual que hay pintores y no van a pintar una capilla del Vaticano, ni un autorretrato con la hija del rey y sus sirvientas, ni una alegoría del terror humano a través de un bombardeo nazi.


Igual, supongo que igual, escribimos estas líneas. Como el arquitecto que construye una casita en el campo. Como el director de cine que graba un documental de su familia. Como el pintor que hace un retrato de la persona que le quita el sueño. Escribo para escaparme al campo, para entender a mi familia -y a mí-, para recuperar el sueño.


También, huelga decirlo, escribo para vivir, sin metáforas, mejor dicho, escribo para comer. Hay quien dice que tener un plan B es malo, que te despista del plan A. Bien, yo, estudiante mediocre, periodista de 6,5, lector de postín, tribulado escritor, no tengo un plan B, apenas un plan A: este. Escribir, viajar, contar historias.


Desde hace meses escribo “el Palentino Ausente”, un espacio de crónica de viaje, de diarios de viaje, de reflexión sobre el viaje para el periódico de mi ciudad. Me ahorro el nombre del periódico, los lectores vivaces sabrán. Lo he hecho gratis, hasta en cinco ocasiones. Miro atrás y pienso que no me ha servido de mucho, que esas páginas en papel han terminado, en el mejor de los casos, envolviendo aguacates; una función valiosa la de acelerar la maduración del fruto, pero insuficiente.


Poder publicar en papel y hablar sobre lo que yo quisiera me torció la voluntad de cobrar por mi trabajo. Me sentía como Umbral en la contraportada de El País, en su “Diario de un snob”. Me sentía como Gabo y las jirafas que escribía en el Heraldo de Barranquilla. Las llamaba jirafas por la forma alargada de las columnas en el periódico impreso. Gabo era un maestro en renombrar lo ya nombrado. Ese, creo, es el reto del escritor, ver lo que ya ha sido visto, y verlo desde otro lado. Como aquel que veía un tenedor y decía que era la radiografía de una cuchara.


Bueno, después de cinco colaboraciones gratis, de cinco cronicolumnas que tuve que cranear (como dicen los argentinos a darle al coco), dedicar varias horas a escribir, a editar, etc, me decidí a pedir dinero por lo que estaba haciendo. Por lo que a día de hoy es mi trabajo. No quería grandes sumas, apenas una recompensa por el tiempo invertido, unas monedas para poder salir a cenar ese día y masticar satisfecho un filete ganado con palabras. Mi desmesurada petición fue tomada con sorpresa e indignación. Es cierto que me había comprometido a enviar doce textos gratis, uno cada quince días, y es cierto que he faltado, en parte, a mi palabra, más bien he renegociado mi palabra, porque sí: “me contradigo porque albergo multitudes”. Una palabra, no obstante, hipotecada desde el principio. ¿Quién, en condiciones económicas dignas, aceptaría ejercer su oficio sin cobrar? He tardado en darme cuenta de que si quiero visibilidad, que tan siquiera ha sido el caso, me pongo a escribir en una vitrina en la plaza. Como decía Umbral, “mi proyecto más lírico es ganar dinero”.


“El Palentino Ausente” es tan nómada como su alter ego. Migramos a Be Wild Be Proud con la convicción de que aquí, aunque tampoco hay dinero para pagar las colaboraciones, compartimos la forma de entender el periodismo, los viajes, la vida. Si este espacio es bien recibido, la colaboración se repetirá. El Palentino Ausente tiene vocación de mil caminos. Un espacio donde escribir las crónicas que no publican los medios, las crónicas que no pagan los medios, crónicas irrelevantes, crónicas para minorías.


“Atenas es un caballo dormido, y yo soy la mosca que vino a despertarle”, decía Sócrates. Me gustaría decir que los medios son un caballo dormido y nosotros vinimos a despertarlos, pero no, pero no, pero no. A nosotros, desesperanzados periodistas, jóvenes en extinción, adultos en rémora, nos toca ser mosca, caballo y despertador.




Aquí una muestra de lo que hago, de lo que quiero hacer. Si me apoyan, si esto va adelante, habrá más crónicas como esta:


Los buscadores de tichinda


En el pueblo afromexicano de Chacahua, en la costa de Oaxaca, se vive del turismo. Al otro lado de la ría, donde no llegan los dólares, se vive, se sigue viviendo de la laguna. Los que tienen motor, viven de la pesca; los que no, de buscar tichinda. "Date cuenta, solo los más pobres hacemos esto", dice Hugo, esposo de Rocío, una de las despicadoras más rápidas que quedan. "Hoy Rocío no va a venir a pescar, como usted me acompaña, ella estará descansada para despicar”. Despicar es separar concha de pulpa, pasar de tichinda a mejillón.


Manglares que indican el camino hacia la laguna de Chacahua. Autor: Juanjo Herranz.
Manglares que indican el camino hacia la laguna de Chacahua. Autor: Juanjo Herranz.

El sol despunta y agarra camino, 07 AM. Hugo, bajito, 47 años, guía hacia la panga, hacia el bote de madera. “Tenemos hasta mediodía, a partir de mediodía se levanta aire y forma olas en la laguna”, explica Hugo. La panga espera a este lado de la ría. Los manglares, a diestra y siniestra, se enraízan en las orillas en esa difícil dicotomía: ¿un manglar es tierra entrando al mar o mar entrando a la tierra? Cruzamos la ría, a lo ancho, y entramos por los esteros, caños angostos donde solo navegan las embarcaciones pequeñas, las pangas. Esquivamos las raíces colgantes de los manglares como boxeadores en Nevada. La luz no asoma en el manglar profundo. Hugo conoce el camino, la panga obedece.


El camino fácil para llegar a la laguna, la circunvalación, la radial lo toman las lanchas con motor. Los que reman, los que no tienen, buscan los atajos. Este atajo, me cuenta Hugo mientras maniobra con destreza, lo descubrieron poco a poco. Fueron atando hilos a los mangles, como Teseo y Ariadna, hasta encontrar el camino menos sinuoso. Esto, que en cualquier sitio sería un laberinto, en urbanística selvática es un camino.


En un quiebre del manglar, cerca de un claro, se escucha un rugido. Vuelvo la cabeza hacia Hugo, que continúa meciendo el remo adelante y atrás: “es un familiar de la garza, emite un sonido que parece el rugido de un jaguar”, explica, y señala el pájaro, "por la noche uno sí se espanta", dice con la mirada fija en la proa, en el siguiente quiebro. Seguimos cruzando el laberinto de mangle, nidos de termitas faraónicos adornan las ramas más altas.


A los veinte minutos, llegamos a la laguna. El parque natural de Chacahua cubre 130.000 hectáreas. De orilla a orilla, a lo ancho, podrían construir, fácil, cuatro o cinco estadios de fútbol. El largo de la laguna, en cambio, es inconmensurable. Al otro lado se reproducen los mejillones, allí se pesca, allí se busca la tichinda. Enfilamos el cruce, el remo pesa, la orilla que dejamos atrás apenas se aleja. En media hora alcanzamos el otro margen. Los brazos hacen más de lo que pueden hacer, llegan porque están enganchados al cuerpo.


Hugo vuelca la carga de tichinda en la panga. Autor: Juanjo Herranz.
Hugo vuelca la carga de tichinda en la panga. Autor: Juanjo Herranz.

Hugo se pone los calcetines. Salta al agua, clava un remo en el lodo, ata la panga y empieza a buscar. Las tichindas se mueven poco, despacio. A veces se las lleva la corriente. Si el agua está clara, poco habitual, se ven. Si no, hay que buscarlas con los pies. Cuando siente algo, empieza a tantear con las manos. "Parece que sí hay, la tengo que probar". Muerde la concha, la tichinda, y ve que la pulpa, el bicho, el mejillón está gordo.


"Aquí vamos a sacar un poco", dice. Agarra unos guantes, una cesta y vuelve al manoteo. Sólo su cabeza asoma por encima del agua, también su gorra verde. Parece un cocodrilo oteando la laguna. El sol pica, el agua en calma, el ruido no vive aquí: sólo se escucha la respiración de Hugo arrastrando la cesta, tanteando el suelo, buscando tichinda. Lava lo encontrado. Saca el lodo de la cesta, para que pese menos. En dos días de pesca, tienen que sacar 60-70 kilos de pulpa, lo mínimo para salir a venderlo al pueblo grande. Eso significa que hoy necesita sacar unos 200 kilos de tichinda. Que serán, una vez despicados, unos 30-40 kilos de pulpa, de mejillón.


Vuelca el primer cubo en la panga. Unos cinco kilos, dice. En la panga empieza a oler a mar. Vuelve a la posición de cocodrilo: cuerpo hundido, manos al lodo, respiración fuerte. Saca el segundo cesto, faltan 38. Hay zonas en las que el agua cubre menos y el lodo se hunde más. El cocodrilo, Hugo, pelea cada paso, se entierran y desentierran sus piernas. “Ponte hacia el otro lado”, dice, “voy a subir, aquí ya no hay”.


Vuelve a saltar al agua, arrastra la panga con la mano y busca con los pies. Las calcetas protegen de las cortadas de las conchas. Recorre la laguna, bordea el manglar, busca la tichinda. El sol sube y la panga no se llena, van tres cestos. No encuentra el morro. El morro es el lugar donde crecen las tichindas, donde están grandes, gordas. La laguna quieta, el manglar quieto. Diez minutos arrastrando la panga, "no hallo tichinda", dice con poco entusiasmo, "y se está haciendo tarde".


***


“Esta es la última, ya tenemos que irnos”, dice Hugo con ganas de más. La panga rebosa tichinda, el morro que pisamos es una mina de mejillones. Debajo de los guantes se descubren los dedos arrugados, con surcos hasta más allá de la primera falange. Cuatro horas sacando tichinda, los hombros quemados, las manos con cortes. “Unos doscientos kilos”, dice Hugo y enfilamos el cruce de la laguna.


El viento hace rato que sopla racheado, el cuerpo tiembla al compás, la laguna balbucea olas marrones, el sol, en su cenit, anuncia que nos hemos pasado del mediodía. Hugo está callado. Remamos en diagonal y la panga zozobra. La proa salta algunas olas, otras las embiste, el agua entra hasta los pies de Hugo, que se sienta en la popa.


Achica el agua, sigue remando. Entre mis piernas, un cubo guarda mi teléfono dentro de una bolsa. Hago equilibrios para sujetarlo entre las rodillas. El remo pesa, no avanzamos mucho. A los pocos minutos, un lanchero que cruzaba la laguna se acerca. “Va a remolcarnos”, dice Hugo, “se ha puesto feo el agua”.


La lancha intenta maniobrar para que alcancemos a echarle una cuerda. Es demasiado corta. Las olas que producen las maniobras del lanchero agitan la panga a todo ritmo. “La lancha no lleva peso, está muy ligera, el viento me gira”, dice el lanchero, “no puedo acercarme más”. Desiste y sigue su camino, quedamos en medio de la laguna, más deriva que certeza.


Hugo, que siempre tiene gesto tranquilo, luce preocupado. Yo soy su espejo. “Hay que remar”, dice y paleamos con fulgor. Golpeamos las olas, las olas nos golpean. El agua sigue entrando y Hugo cubetea lo más rápido que puede. El viento viene de frente. No avanzamos.



Hugo pescando tichinda. Autor: Juanjo Herranz
Hugo pescando tichinda. Autor: Juanjo Herranz

“Nos hundimos”, dice Hugo con parquedad de capitán. Dicho y hecho. Miro atrás y ahí va Hugo. Y la cola de la panga ya no está. Y solo queda medio Hugo. Y ahí voy yo, laguna abajo. La panga queda estable, en el fondo, quedamos de pie sobre los asientos. Los guantes, calcetines, remos, chanclas, costales se echan a nadar. Los doscientos kilos de tichinda mantienen la panga en el fondo, quieta, por ahora.


Miramos a sur y norte. No pasan barcas. La orilla está lejos. No podemos nadar hasta allí. Alrededor no hacemos pie. La panga es el refugio. El agua roza el cuello. La bolsa de plástico con mi teléfono sobrevive apoyada en mi cabeza. Hugo se agarra a los remos, que cuestan caros, como si se agarrase a un hijo. “¿Está subiendo o bajando la marea?", le pregunto. “Bajando”, dice. Hugo mantiene el gesto turbado. Las olas nos golpean en la cara. No hay lanchas en ningún horizonte, el viento silba y las olas ganan fuerza, la panga, bajo nuestros pies, amaga con moverse.


Una raya salta a un palmo de distancia, con un aleteo frenético, con un aguijón largo. El cerebro, traicionero, me recuerda la historia de hace dos días, una mujer contaba: “en las épocas de lluvia, en el manglar profundo, al otro lado del parque, las personas de la comunidad dicen que ven anacondas y boas, que las escuchan sisear en las noches, y que los cocodrilos campan a sus anchas”. Pasaron treinta horas, que Hugo dice que fueron 20 minutos, y una lancha se asomó por los manglares.


Tres turistas y un lanchero de doscientos kilos nos miran con ojos amplios. Les pasamos lo rescatado: móvil y remos, y batallamos para dar la vuelta a la panga. Se pierde la tichinda, rescatamos el bote. Volvemos cabizbajos. “Lo importante es que nosotros estamos bien. Hace unas semanas, ahí mismo murió una señora que no sabía nadar. Mañana salgo de nuevo”, dice Hugo, y no dice mucho más hasta que llegamos a casa.


Sin chanclas, la arena quema como la antesala del infierno, desandamos el camino del amanecer con las manos vacías. Rocío sale de la casa. Hugo no encuentra palabras: “nos hundimos”, dice sin levantar la mirada. “Te dije que lo soñé. Te pedí que hoy no fueras”, brama Rocío. Y rememora el sueño pasado por agua que tuvo esa misma noche. “Había pedido al vecino que fuera a buscarlos, ya se estaban retrasando mucho, pero no quiso el malparido”. Rocío dice que a veces tiene sueños, que a veces le pican los pies, y que eso pasa cuando va a morir alguien, “y al día siguiente alguien ha muerto”, asiente. Pasa el vecino y le grita: “te dije que algo había ocurrido, se hundieron. Habrías tenido la muerte de Hugo y Juanjo en tu conciencia”.


Juanjo Herranz, periodista de viaje y autor de "El palentino ausente".


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(La Asociación Be Wild Be Proud no actúa como intermediario en este proceso).


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