Historias Africanas - Una voz que despierta -

Nunca había estado en África. De hecho, hasta hace unos meses ni siquiera me había planteado que podría viajar hasta allí en un futuro cercano, no por falta de atractivo pero sí quizá de unas motivaciones claras. Al final las encontré, o más bien sería justo decir que me encontraron ellas a mí. El azar y la pasión hicieron que en mi primera visita al continente recorriese en profundidad algunos, pocos, de sus países. Sin embargo no es la historia de un viaje lo que hoy quiero contar, o quizá lo sea, pero no uno mío.


Decía Xavier Aldekoa en “Océano África” que el viajero y el reportero pueden viajar en el mismo cuerpo, pero que mientras el primero es protagonista de su viaje, en el segundo lo son los demás. Yo no soy el protagonista de lo que he venido a contar, no obstante esta historia empieza conmigo en una azotea perdida entre el bullicio nocturno del barrio de Pikine, en Saint Louis, Senegal. Saint-Louis es una ciudad difícil de describir. Sus pasados días de gloria se pierden igual que la silueta de las barcazas de sus pescadores en la neblina mañanera, la que asciende desde el río Senegal cuando se encuentra con el mar. Su extraña esencia hace que la mirada trascienda el presente y se perciban su trasiego portuario y su corazón que palpita jazz, aunque lo que realmente veamos sea una ciudad que ha descendido al pozo de la inmundicia.


El río se ahoga en vertederos inmensos y niños semi desnudos brincan entre toneladas de basura que han pasado a formar parte del paisaje urbano de una ciudad que se ha olvidado a sí misma. Nunca podré borrar el paseo que nos condujo a mí y a mi buen amigo Fonseca hacia el corazón de uno de los barrios de la periferia. Surcos de agua y barro descendían por las calles que todavía no se encontraban anegadas por las lluvias de días, quizá semanas, anteriores. Las cabezas de la multitud se volvían al vernos pasar y algún que otro chiquillo nos acompañaba graciosamente con la curiosidad marcada en sus ojos. Saltando de roca en roca llegamos a la puerta de lo que habría de ser nuestro alojamiento, la sede de una pequeña ONG local que regentaba una escuela y ayudaba a las mujeres del barrio. Una sagaz joven de etnia wolof nos acompañó a nuestra minúscula habitación y nos mostró un baño donde poder lavarnos, esto último con una sonrisa resplandeciente que a las claras tenía que ver con su opinión sobre nuestro deplorable aspecto.


Entre aquellas paredes fue donde nos cruzamos por primera vez con Louis. Una tímida sonrisa y una rápida mirada fueron su carta de presentación. Le correspondimos amablemente y nos fuimos, sin sospechar que aquel no iba a ser un día cualquiera, ni él, desde luego, una persona más.

De vuelta en nuestra azotea, una suave brisa hacía desaparecer los últimos rescoldos del intenso calor del día y regalaba una noche tranquila, de luna grande y pocas estrellas. Fonseca y yo descansábamos del largo paseo por la ciudad cenando y tomando el tradicional té verde que cargábamos con férrea determinación desde Gambia, el país vecino. El tenue resplandor del carbón y la dulzura del té completaban un momento de idílica relajación asentado en el silencio que solo una firme amistad puede mantener. De esa guisa debió encontrarnos Louis cuando por casualidad o intención, nunca llegué a saberlo, se asomó a la azotea y se acercó a nosotros.


Louis rondaba los 30 años y era de la República Centroafricana, país colindante con Sudán del Sur, Chad y Camerún y antiguo territorio conocido como Ubangi-Shari. Esta región estaba controlada por Francia, pero no tenía acceso al mar y el gobierno imperialista arrendó grandes extensiones del territorio a empresas privadas europeas que, a cambio del pago de un alquiler anual, explotaban sus tierras, sus recursos y su población. Un caldo de cultivo perfecto para el arraigo del odio, la violencia y el extremismo que se fomentaron durante años y que acabó explotando en un largo conflicto que ha tomado tintes religiosos sin ser solamente eso, pero donde musulmanes y cristianos se masacran por la inquietud y el miedo que genera el otro.


Louis no nos contó nada de esto, ni habría podido porque solo hablaba francés y chapurreaba algunas palabras en inglés. No hubo un día en el que no maldijese con más ardor mi desconocimiento de aquella lengua. Al oír nuestros correspondientes países de origen los tres no pudimos más que sonreír ante el exotismo de los mismos. Para Louis España era aquella que había ganado el mundial de fútbol y sabía que estaba en Europa, por lo que creía tener una idea aproximada de lo increíblemente avanzada y futurista que era. Esta es una idea común a muchos de los africanos que solo saben de Europa aquello que les llega por los comentarios de compañeros que han iniciado un viaje largo y muchas veces sin retorno, y que les hace formarse en sus cabezas una imagen idílica que contrasta mucho con su incredulidad cuando les decimos que en España hay que pagar por tener una casa, o que no nos casamos hasta los 35.


Invitamos a Louis a compartir nuestra cena y nuestro té, sin ser conscientes de lo que aquello podía significar para él. Con una inocencia infinita abrió mucho los ojos y nos hizo saber si aquello no nos molestaba, si su presencia nos era incómoda. Mi amigo y yo le miramos sorprendidos y le dijimos con sinceridad que nada nos haría más felices en aquel momento. Louis aceptó y sin más preámbulos cogió un tenedor y dio buena cuenta de lo que quedaba de nuestra pasta con tomate. Viéndole comer me di cuenta de que quizá no estaba acostumbrado a hacerlo a menudo, y mi sincera curiosidad hacia él aumentaba por momentos. En mi cabeza le daba vueltas a un tema que pugnaba por salir, pero intuía que debía ser cauto y respetuoso. Yo sabía lo mismo de República Centroafricana que Louis de España, pero lo que sabía era suficiente para plantear en un inglés muy lento para que me entendiese la siguiente pregunta: “Louis, ¿continúa la guerra en tu país?”. Louis estaba sorbiendo el té caliente y me miró a los ojos. “La guerra no acaba nunca. Nací en guerra y me fui por la guerra”.


El silencio nos envolvió a los tres de una manera diferente a como lo hacía antes. La palabra guerra pronunciada de unos labios que la han sentido en sus propias carnes no suena igual. Es más fría, más desapasionada. Louis perdió la mirada en el vacío y todos seguimos bebiendo té. Mi curiosidad periodística me presionaba para que preguntase más cosas; estaba ante un testimonio que me hacía sentir amar mi profesión como pocas veces lo había hecho. Mi sentido común, sin embargo, mantenía mi boca cerrada.  Para desviar el tema le preguntamos qué hacía allí exactamente. Así, poco a poco y con dificultad, Louis nos contó parte de su historia.


Había llegado a Saint- Louis hacía apenas unos meses desde Guinea Bissau, que hace frontera con el sur de Senegal. Durante todas esas semanas había malvivido, tratando de obtener la condición legal de refugiado de guerra. Había viajado por muchos países, solo y desamparado por la ley, despojado de cualquier posesión y sin una oportunidad que le permitiese empezar de nuevo, rehacer su vida. Louis, aquel chico extremadamente afable y tímido, en aquella azotea perdida tan lejos de su poblado natal, se abría ante los dos únicos desconocidos que quizá le habían mostrado respeto y ganas de escuchar durante toda su larga odisea. Como el famoso héroe griego, Louis había andado miles de kilómetros, perdido y roto. Pero a nadie le importaba. Hacía apenas 3 años que abandonó su casa, después del atroz asesinato de sus padres y su hermana pequeña. Louis lo vio todo con sus propios ojos y no pudo hacer nada por evitarlo, le habrían matado a él también. No supo decirnos quién lo había hecho, ni tampoco lo habríamos entendido.


Louis acabó su historia entre sonrisas. Solo el leve temblor de su voz casi inaudible denotaba la oscuridad en la que debía haberse sumido tras tamaño golpe de la vida. Allí, sentado escuchando aquella terrible historia y viendo a aquel chico se me heló la sangre en las venas. Instintivamente posé una mano sobre su brazo y lo apreté suavemente. No tenía nada que decir, cualquier cosa hubiese resultado estúpida o fuera de lugar. Ante aquel ser humano que tanto había sufrido y que tan maravillosamente se había abierto nos dimos cuenta de que quizá no podríamos ayudarle más que para que pusiese voz a su dolor, para escuchar y quizá, en un futuro, poder sentarme a escribir una historia, su historia, para que otros puedan llorar como lo hice yo esa noche.


Sin embargo, Louis aún tenía algo que decirnos. “Ahora las cosas por fin están cambiando. Aquí he encontrado un sitio y gente buena que quiere formarme y que trabaje para ellos en la escuela. Empiezo mañana, estoy muy contento”. De pronto pasó algo increíble. Volví a escuchar el rumor de la calle y a ser consciente de nuestra situación, allí en aquella azotea tomando té. “Eso es alucinante Louis. Estamos aquí, es lo que importa amigo. Solo nos queda mirar hacia adelante”.  

Pd: Si miráis en un mapa la distancia entre cualquier punto de la República Centroafricana y la ciudad de Saint-Louis, en Senegal, podréis haceros una mínima idea del inabarcable viaje de Louis. Vale la pena.


Mario Marty (@mariomartyph)

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