El Perú: el país en el que aún existe la aventura

Una crónica de Pedro Arribas


Laguna de Huacachina - Desierto de Ica

La globalización ha traído cosas buenas como la interconexión de pueblos, pero muchas veces también ha conseguido hacer demasiado homogéneo lo que debería seguir siendo exótico para los que no son del lugar. El Perú sigue siendo exótico. Atacado por la desigualdad estructural que asola Latinoamérica, deja espacio para experiencias que te hacen contener la respiración.

Sus gentes son amables, pero no tienen ese carácter caribeño que alguna gente tiene preconcebido en Europa y que por error extendemos a países a los que no les corresponde.

La magia para nosotros está en el interior, en la selva. En la selva se respira magia. La comida, la forma de hablar, las palabras en Quechua...hay que tener mucho respeto por todo lo que te cuentan o todo lo que deciden compartir contigo personas que probablemente muchas veces no han pisado si quiera la capital de su país en toda una vida. Tuvimos la suerte de que compartiesen con nosotros lo que supone para ellos la experiencia de la Ayahuasca: una vez en la vida, sentimiento mágico y un proceso de muchas preguntas y muchas respuestas en tu interior.

La selva no deja ver tantas especies en proporción a todas las que alberga; en el parque nacional del Manu, uno de los entornos con más biodiversidad del planeta, apenas se dejan ver algunas especies de monos, serpientes, caimanes, aves impresionantes como el Hoacín, y si tienes suerte Capibara o Tapir. Solo algunos afortunados que han puesto mucho empeño han localizado al rey de esta selva: Otorongo en quechua, Jaguar en castellano.

Los Andes son duros, como su gente. El bolo de coca mascada en el moflete es parte de la imagen del lugareño. Tuvimos la suerte de poder subir a la montaña del Vinicunca, donde experimentas en Soroche en todo su esplendor, y sientes sus dolores de cabeza a la vez que esas imágenes de montañas glaciares y valles te abruman con su inmensidad.

Subida a la Rainbow Mountain o Montaña de los 7 Colores

Es un país seguro. Debes evitar ciertas zonas donde aún hay narcotráfico, en la selva sobre todo, y ciertos barrios de la capital, y por lo demás encontrarás un país amable.

Hemos caminado por pueblos separados de las rutas principales en los Andes, en la selva y en la costa...y siempre preguntando al local, puedes permitirte la aventura.

Creo que hemos hecho bien en hacerlo, ya que hemos podido captar la realidad de un país desigual, donde desde los hoteles y resorts, como pasa habitualmente, se pierde la perspectiva de la realidad del país.

Gastronómicamente es la primera que no volvemos a España alabando la cocina de nuestra madre, y eso es mucho decir. "No te da una vida entera para probarlo todo del Perú", nos decía un lugareño uno de nuestros últimos días.

El sabor de Latinoamérica es embriagador, te atrapa, no quieres volver a la calma; prefieres su caos exótico. Te acostumbras a vivir en la aventura y eso es adictivo. La comodidad a veces llama tu atención, pero donde esté la aventura, que se quiten los sillones...y eso venimos sintiendo hoy, recién llegados al viejo continente. Nos atrapan las ganas de seguir explorando, viajando, VIVIENDO.

Para mí viajar tiene algo que lo hace especial: FASCINARSE CON LA DIFERENCIA.

FASCINARSE de otras formas de vivir, de entender y ver la vida, de comer, de creer o no creer, de moverse, de entender el tiempo y los horarios, la cocina y el mercado. Los dioses y lo mundano.

Y el Perú es un perfecto lugar para comprender todo esto que aquí escribimos: el país donde todavía existe la aventura.

Vicuñas, alpahacas y llamas de vuelta del cañón del Colca

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