Expedición 2021 (por fin)

Actualizado: 10 feb

Viajar siempre es un placer pero... ¿tanto? Pues sí, tanto. Porque llevábamos meses esperando poder realizar EL VIAJE por el corazón del sur de Marruecos después del parón por la COVID-19 y afirmo y reafirmo que lo bueno se hace esperar y las ganas se triplican. Que oye, allá cada uno con sus gustos y fetiches, pero desde luego yo me quedo con el modo aventura pulsado cuando decido poner rumbo a un lugar que no conozco. Y digo que no conozco porque nunca he estado físicamente allí. Muchas veces creemos que conocemos un lugar por todo lo que hemos visto, leído o escuchado de él; por cómo nos lo han pintado, estigmatizado o vendido. Pero no es hasta que plantas los pies en terreno cuando te das cuenta de que todo lo que te rodea es susceptible de convertirse en historia. Y no cualquier historia. Una historia creada a través de tus ojos y las personas que te acompañan o acompañarán en esta ruta. ¿Te vienes?


Finales de agosto de 2021. Las ganas de viajar no cesan para un viajero empedernido y este grupo de siete estaba deseando ponerse en marcha en una aventura que había llegado a sus vidas de manera diferente para cada uno.


¡Comienza el viaje!

Xavi, Brezo, Sara, Ana, Javi y un par de Marios se encuentran en el aeropuerto de Marrakech, donde su preciada compañera de viaje, una Renault Traffic negra está esperando con las puertas abiertas a que este grupo de expedicionarios comiencen a vaciarla de gasoil y llenarla de historias. El sudor empieza a recorrer las espaldas, pues un agosto en Marruecos puede equipararse al calor de verano en un Sevilla - Murcia juntos en Badajoz. Una frase corona la primera toma de contacto: “los ojos como balones chicos, nunca dejéis de mirar”. Y es cierto, tienes nueve días por delante y no quieres perderte nada. Se tarda un rato en integrar que hace pocas horas que saliste de la vorágine de Madrid y, aunque solo nos separa un estrecho de 14 kilómetros, estamos “donde los vecinos”. ¡Welcome to África! Todo llama la atención porque se sale de nuestra “costumbre” y eso es maravilloso.


Condujimos dos horas hasta el pueblo amazigh de Tizi N’Oucheg, un pequeño poblado compuesto por unas 110 familias en el interior de la montaña que significa “el collado que resbala”. Durante el camino vamos atravesando el Valle de Ourika dejando a su lado el río, donde el espacio se colorea gracias a los cientos de sillas de plástico, mesas de camping y sombrillas que llenan la ribera de vida.



Los amazigh


Es importante conocer el origen y significado de la palabra amazigh, pues nos encontramos con ella durante toda la expedición. Antes de la colonización de los europeos, los árabes e incluso los romanos, el norte de África estaba habitado por multitud de comunidades del pueblo amazigh, más conocido como pueblo bereber, un epónimo derivado de "bárbaro" del que el propio colectivo huye por considerar que posee una carga peyorativa. Diversas comunidades conforman esta población indígena ancestral a la que pertenecen en torno a 20 millones de personas. Marruecos, el país con mayor población amazigh por delante de Argelia, Libia, Túnez y el Oasis de Siwa en Egipto, registra los efectos más acusados de la época postcolonial en este colectivo. Además, gran parte del norte de África tiene ascendencia amazigh.


La primera conexión con este colectivo fue de lo más estimulante, pues se mezclaban las sensaciones eufóricas del primer día de viaje con el paisaje rural y tan calmado de este pequeño gran pueblo que levantaba la bandera de salida a nuestra aventura. Atentos como niños en su primer día de cole, descubrimos de la mano de Nordinne, nuestro anfitrión y coordinador de varios proyectos en Tizi N´oucheg, la evolución de pueblos como el suyo. Las familias que allí vivían se dedicaban mayoritariamente al cultivo de cebollas, patatas y cada núcleo familiar poseía una vaca. Hacía solo diez años que habían conseguido tener acceso a libros, canalizar y sanear agua potable, construir una escuela y un campo de fútbol (donde jugaban incluso durante noche cerrada) lo que evidenciaba el avance de la localidad.


Se respiraba paz, pureza y una tranquilidad que haría de valium a cualquier consultor estresado. El color rojo intenso de la arena que cubría aquel collado del Atlas te envolvía y protegía de una manera casi terapéutica. Uno de esos lugares ideales para perderse y conectar, sin perder el foco en que, lo que para ti es novedad, para ellos es su día a día y, probablemente, no tiene nada de especial.


Las montañas que rodean Tizi N'Oucheg albergan las pinturas rupestres más antiguas de Marruecos. Autora: Sara Escribano

Agorizando voy, agorizando vengo


Con la panza llena de tajín era un momento ideal para reflexionar un poco sobre qué se iba a hacer en el viaje, cómo y sobre todo para qué. Resultaba muy fácil creernos con las herramientas necesarias para resolver los problemas del mundo, tratando temas que no nos da tiempo a discutir en nuestro día a día. Pon Ágora de asignatura en el cole… ya verás cómo da tiempo.


Cuando viajas la sensación de libertad que te inunda es súper poderosa y ves todo más claro, pues desentierras la capacidad de separar unas cosas de otras. Íbamos a descubrir Marruecos con nuestros propios ojos a través de la aventura, el conocimiento aprendido y la responsabilidad adquirida al hacerlo, para así ser conscientes de lo inexistentes que son las barreras cuando conoces con el corazón.


Aquella fue la primera noche en la que disfrutamos de las estrellas bajo cielo marroquí. Era factible diferenciar la estela de la vía láctea, localizar la estrella polar y las principales constelaciones y ver estrellas fugaces sin estar en temporada de perseidas. La primera noche de un viaje te da la clave de lo que este puede llegar a ser. Es ahí cuando sabes que la experiencia será más que enriquecedora.


De Ouarzazate al corazón del Atlas, un camino místico entre kasbahs, palmerales y los estrechos desfiladeros de la cordillera más imponente de Marruecos. Uniremos las gargantas del río Dades y las del Todra por caminos espectaculares que se internan en las montañas a más de 3.000 metros de altura. Nuestro destino será Imilchil, la capital de los pueblos nómadas bereberes.


Atravesando carreteras infinitas y parando a comer en un bar a pie de pista los bocadillos cargaditos de curry que fueron preparados por la mañana, como cuando vas en bus a Cádiz, alcanzamos la primera construcción de la conocida como “ruta de las mil kasbahs”. Una kasbah es una fortificación de adobe que se eleva entre palmerales, cañones, gargantas y valles. Tranquilos que no paramos en las mil edificaciones, pero AÏt Ben Haddou era parada obligatoria por ser la más famosa de todas, además de ser escenario de muchas películas de la talla de “El reino de los cielos” o “Lawrence de Arabia”. Éramos los primeros “guiris” después de mucho tiempo y después de conseguir huir de la turistada trepamos por la elevación de tierra que nos ayudó a ver la ciudad desde arriba.


Llegamos a Tikirt, en concreto al hostal de Pascal, un francés que debió decidir que Marruecos y su gente le iban a tratar mejor que su patria. Cuando llegamos el sol estaba a pocos minutos de esconderse del todo y la piscina de aquel lugar nos llamaba para hacerle un salto bomba en toda regla antes de cenar. La duchita era necesaria, aunque de aquella cañería la sal fuera la reina de todos los minerales. Pero eh, que sienta igual de bien y la sensación de sentirte un bebé con polvos de talco recién echados es muy placentera.


Cenamos carne picada y cuscús en compañía de un precioso border collie ¿francés? con un ojo de cada color que no paraba de rondar la mesa buscando alguna miguita que se le cayese a aquel grupo de jóvenes españoles. Después de una manzanilla infusionada en un camping gas, una casi embolia hinchando el colchón modelo glamping cinco estrellas de Ana, un ataque de risa tonta en las tiendas y una conversación de sueños y proyectos de futuro, conseguimos dormirnos en las tiendas que tanto nos había costado montar con el viento soplando de cara. Masa´ Alkhayr (1).


Viajar en furgo


Desde luego los trayectos en furgoneta han sido de los mejores momentos del viaje. Y no porque fuesen los más ociosos, si no por lo enriquecedor de parar un momento, observar el paisaje que vamos atravesando y compartir con tus colegas cualquier cosa que se te pase por la cabeza; desde inquietudes personales, juegos para conocerse mejor, ronquidos, fotos robadas y cantos dignos del festival de falsos Grammys.


Lo chulo de viajar en furgo también son las conversaciones a pleno sol con los policías locales. Que sí, que hay que conocer la normativa local, ¿pero a quién no se le ha olvidado alguna vez ponerse el cinturón? Claro que, en Marruecos, si les das un poco de conversación y te ven realmente arrepentido, arrepentido de verdad eh, puede que te perdonen la imprudencia.


Los interiores de la kasbah Itram dejaron vía libre a la foto artística. Autor: Xavi G.Rodrigo

Proseguimos nuestra ruta de las mil kasbahs parando en dos muy especiales. La primera fue la de Taourirt, set de rodaje de más películas mundialmente conocidas como “La Momia” y “Gladiator”. Allí conocimos a Fernando, un chileno enamorado de la fotografía y entregado a la inspiración que Marruecos le brindaba, que vendía láminas con sus fotos. La segunda fue más rústica y tenebrosa: la Kasbah abandonada de Itram donde paseamos como figurantes desperdigados en la isla de “Lost” haciendo hambre para acabar en un cuco restaurante con vistas a un inmenso palmeral.


Un momento, toca parón reflexivo: (si, la intensidad tiene más cabida aun cuando se trata de explorar lugares nuevos) solo llevábamos tres días de viaje, pero la confianza grupal creada tan rápidamente es algo que sorprende y entusiasma. Compartir todo lo que sabemos mientras atravesamos lugares recónditos de Marruecos que, si no fuese de esta manera, nunca habríamos visitado.


¿Mohammed es a José lo que Fatema es a María?


Observando el esplendor de parte del valle de las Rosas, nuestra siguiente parada era Bou Tharar, pueblo que nos iba a recibir con los brazos abiertos. Mohammed y su familia nos acogieron en su hostal y, después de calmar nuestras ansias de merienda con whisky bereber y cacahuetes, nos llevaron a contemplar uno de los más bellos atardeceres del viaje.


Subimos por la ladera de un gran peñón hasta alcanzar un llano. Ahí observamos el pueblo desde arriba, mientras el sol lo teñía todo de naranja en contraste con el verde intenso del bosque que teníamos en frente. La estampa parecía sacada de un museo. Había una formación de nimboestratos que amenazaban con romper a aguas. Con la luz del sol atravesando, el fenómeno no podía ser más bonito. Nuestras sonrisas de viajeros felices coreaban el momento y fue ahí donde nuestro amigo Mohamed nos “bautizó” por primera vez con nuestros nombres bereberes: Aicha, Sahara, Fatema, Rashid, Abdul, Moha y Omar.



Al igual que en España María y José son los nombres más populares por excelencia, en Marruecos pasa lo mismo con Mohamed y Fatema. Cuando una pareja tiene un hijo, si es el primero y es varón, hay costumbre de llamarlo “alabado” o “digno de alabanza” que recuerda al nombre del profeta Mahoma. Si es niña y es la primera, se le pone el nombre de Fatema, “joven doncella”. Por eso si viajas a Marruecos prueba a decir alguno de estos nombres en voz alta que seguro te mirarán cientos.


Oliendo por fin a pijama (otra de las frases que se hizo su merecido hueco en la expedición), cenamos cogiendo fuerzas inconscientemente para los bailes y la clase de djembé (2) y krakabs (3) que nos esperaban. Ese momento de intercambio musical fue muy especial y nos dejó tan inmersos en los ritmos africanos que algunos expedicionarios perdieron el rumbo para encontrar después su habitación…


Argumentar qué es viajar o qué se busca cuando nos embarcamos en una nueva aventura es aprender, desaprender y reaprender los conceptos que teníamos en mente antes de ponernos en marcha en nuestra ruta, estando abiertos a todo lo que nuestros ojos y corazones estén dispuestos a captar. Tenemos la falsa creencia de que la mayoría de población mundial vive y piensa como nosotros, pero lo cierto es que vivimos en la zona rica del mundo, en la burbuja donde “todo está controlado” y somos nosotros la minoría frente a un mundo que tiene muchos problemas que gestionar y resolver.


Proseguimos nuestra aventura haciendo algo que es como muy de pueblo: hacer pan. Éramos algo parecido a un grupo de turistas japoneses observando anonadados como una mujer sentada en cuclillas sobre sus talones horneaba una tras otra las hogazas de pan del día. Minutos después nos dimos cuenta de que no le estaba haciendo mucha gracia. Estaba llevando a cabo su rutina diaria, ¿qué pintábamos nosotros cotilleando en ella?


Nuestros estómagos le agradecieron encarecidamente ese contundente desayuno que iba a dar el pistoletazo de salida a Marte. Sí, sí, has leído bien. El Marte que Matt Damon exploró seguramente estaba de camino a las gargantas del Dades. Aquel lugar inhóspito, de tierra rojiza, aire caliente y pastores bereberes.



Con las mochilas cargadas de cuartos de pollo en bolsas de plástico y cantimploras llenas, nos adentramos en un profundo desfiladero de suelo rocoso e higueras aisladas que unía el alto Atlas con el gran desierto. Fue una ruta de tres horas donde estuvimos acompañados de dos niños que saltaban riscos en chanclas mejor que las cabras montesas. Nunca habíamos necesitado tanto tirarnos agua (de la de lavarse los dientes) por encima como al terminar esa ruta. ¡Qué calor y qué confort al mismo tiempo al darnos cuenta del paisaje que habíamos recorrido!


El capricho que dio lugar a un encuentro precioso


Brezo, Ana y Sara orgullosas con sus tatuajes de henna... que duraron 5 minutos.

Les gorges de Dades era nuestro destino, concretamente el Hostal La Gazelle, situado un par de kilómetros antes de la llamada “carretera más loca de Marruecos”. Las chicas del grupo decidimos darnos una vuelta por el pueblo, era muy acogedor, muy pequeño y nos llamó la atención una pequeña cueva de piedra blanca situada en la planta baja de un edifico que parecía se tambaleaba. Había cuatro mujeres asomadas en las distintas alturas de la casa y, en un francés muy básico conseguimos preguntarles si sabían dónde podíamos hacernos un tatuaje de henna. Cuál fue nuestra sorpresa que ellas, con unas sonrisas radiantes, nos dijeron que estarían encantadas de compartir un rato con nosotras (o eso

dedujimos cuando bajaron de lo alto de la vivienda y nos invitaron a pasar al interior de la cueva). Fue una hora que se nos pasó volando, donde nos dimos cuenta de lo parecidos que somos todos los seres que vivimos en el mundo, en este caso, las mujeres. Al final, las inquietudes son las mismas, el lenguaje universal se abre camino dándonos la oportunidad de comunicarnos mediante miradas y abrazos. A pesar de las similitudes emocionales, para ellas, la historia de sus vidas hasta ese momento había sido muy distinta a la nuestra. Nos moríamos de ganas por saber árabe en ese momento y contarles cosas sin parar, pero darnos las manos y estar juntas ese ratito fue una de las mejores experiencias que nos llevamos. Por cierto, la henna al cabo de las dos horas desapareció completamente.


Los juegos para exprimir todas las historias que teníamos dentro para compartir entre todos eran el tajín nuestro de cada noche (platillos para este maravilloso chascarrillo). En esa velada en concreto, Javi, uno de los miembros de la expedición, nos bautizó con el nombre de un animal a cada uno según nuestra personalidad (o eso dijo). Desde luego no se sabe a cuántos bautizos se puede someter una persona en nueve días, pero juraría que estábamos batiendo el récord. Parte de la resaca emocional que sentiríamos al acabar el viaje estaba ocasionada por estas conexiones que, sin darnos cuenta, estábamos creando entre todos y con el lugar. Ya aquí tiene cabida otra de las perlitas filosóficas (ideal para pie de foto de Instagram) “estábamos creando hogar en cada sitio que visitábamos”.


Seguimos ascendiendo por el Alto Atlas, ya se empezaba a notar el fresquete montañés y las vestimentas de las personas que nos cruzábamos eran totalmente distintas. Nos acercábamos a Imilchil, ciudad de encuentro de los pueblos nómadas bereberes. El olor a barbacoa se adentraba en nuestras pituitarias y, a las cinco de la tarde ese olor lo hubiésemos masticado de lo caninos que íbamos. La escena al principio resultó un tanto gore, al menos para los que era nuestra primera vez allí: cabras colgando a ambos lados de la avenida principal del pueblo mirando en dirección a las barbacoas de los bares del lugar. Muy poético. Algo tan campestre como pedir el trozo de animal que más te gustaba, que te lo envuelvan en papel de estraza y cruzar a penas dos metros para cocinarlo en la barbacoa. “Chavales, el kefta (4) tardará unos 15 minutos, id comiéndoos el pan con comino, ¡ansiosos!”.


Barrigas bien llenitas, corazón contento. Nos dirigimos hacia el lago Tislit a 2.250 metros de altura donde montaríamos el campamento para dormir. Aquí se hizo latente el “necesitar” un forro polar en agosto y en Marruecos. En cuestión de minutos llevábamos más capas que una cebolla y fue un buen momento para dar un paseo y entrar en calor. Estaba a punto de ocurrir uno de los momentos más mágicos de todo el viaje o así coincidimos al recordarlo.


Con el campamento montado nos colocamos en fila recostándonos unos encima de otros a modo gusano. El manto de estrellas ya estaba cubriendo nuestras cabezas y es que, ¡qué bonito es el cielo marroquí desde las montañas! Como nos gusta mucho hablar y poner cosas en común, aquello parecía una reunión de loros guacamayos. Nadie se estaba mirando a los ojos pues los teníamos todos puestos en el cielo, y menos mal. En cuestión de segundos pasó una estrella fugaz que cruzó el cielo brillando como el sol, más lento de lo normal, como si quisiese que la disfrutáramos. Dimos un grito que probablemente se escuchó en Marrakech, de la emoción al ver aquel fenómeno todos al mismo tiempo. Desde luego momentos así son arduos de lograr si duermes bajo techo.


Mención especial (y truco para aventurerxs) al postre de aquella noche: un melón amarillo que llevaba macerándose cuatro días dando tumbos por la furgoneta, a distintas temperaturas (ni los mejores chefs) ¡Uno de los mejores melones que habíamos probado! Así que, recordad: dejarlo rodar y llenarse de mierda, ya verás que dulzura.


Nuestras casitas resplandecían, pero no tanto como el espectáculo natural que nos brindó aquella noche tan especial. Autora: Sara Escribano

El festival de los novios


Durante unos días al año al final del verano Imilchil se convierte en centro de peregrinaje para los pueblos nómadas. Uno de los acontecimientos más importantes es que se realizan los acuerdos matrimoniales durante esos días. El lugar se convierte en una gran pasarela donde jóvenes y no tan jóvenes se pasean a lo largo y ancho del zoco para ver y ser vistos. El primer día se celebra una boda colectiva con algunas de las parejas que se pactaron el año anterior. Debajo de una gran jaima se reúnen hasta treinta parejas con sus mejores galas, ellos de blanco y ellas con coloridos vestidos y sus manos engalanadas con maravillosos dibujos de henna. Después del acto oficial las parejas se dirigen al morabito (5) Sidi Admed Oulmghami para hacerle ofrendas y que éste les proporcione felicidad en el matrimonio. En este gran zoco al aire libre se suministran todo tipo de productos a los habitantes de la región, pues su objetivo principal es abastecerse bien para sobrellevar lo mejor posible el invierno, ya que la zona del Atlas suele quedar incomunicada durante varios meses.


La gran tribu de los Ait Hadiddou son el grupo étnico mayoritario del alto Atlas central, ubicados en el triángulo que comprende Imilchil, Bou Ouzmou y Agoudal. Un pueblo bereber rudo que intenta salvaguardar su cultura acostumbrado a vivir entre montañas áridas y extremas. Son generalmente seminómadas y algunos combinan la agricultura de subsistencia con el pastoreo. Son monógamos y no pueden tener varias mujeres como los marroquíes árabes. Sin embargo, es muy habitual el divorcio que tanto el hombre como la mujer pueden solicitar. No está mal visto que una mujer esté divorciada como si sucede en el resto de Marruecos.


Sin duda define esa libertad característica de un amazigh: aquí nada se conviene, hombres y mujeres son libres de querer quedarse con la persona que han conocido. Los sentimientos no quedan relegados a un segundo plano.


El precioso amanecer en el lago Tislit. Autora: Brezo Sintes

Amanecimos con el ruido del pastor guiando a las cabras y ovejas que bajaban de la montaña para beber en el lago Tislit, que está relacionado con la etimología del Festival de los Novios, ya que significa “novia”. Ahora nos dirigíamos a conocer al “novio”, el lago Islit. Cuenta la leyenda que Tislit e Islit eran dos amantes que se habían conocido en la popular celebración de Imilchil pero, al igual que los amantes Romeo y Julieta, su amor no fue bien recibido por todo el mundo. Al separarse lloraron tanto el uno por el otro que sus lágrimas formaron los dos lagos que hoy en día llevan sus nombres.


Después de desayunar un rico semen, has leído bien, no pienses sucio. El m’semen es una especie de crepe marroquí que puedes combinar con chocolate, queso o miel y está de muerte. Nos bañamos en el lago cuya agua estaba helada, nivel islas Cíes. La cantidad de golondrinas que había revoloteando sobre nuestras cabezas era digno de analizar. Y es que la golondrina simboliza la amistad y la lealtad, y no podría ser mejor el pájaro que nos estaba sobrevolando en ese momento. Todos sabíamos que los vínculos creados en ese viaje iban a ser muy difíciles de romper.


Un bañito rápido en el lago Islit. Autora: Sara Escribano

Comenzaba el descenso épico hacia las puertas del mayor desierto del mundo. Descenderemos hasta el desierto del Sáhara, encontrando en Merzouga una de las dunas más fascinantes del país, Erg Chebbi, así como al misterioso y artístico pueblo gnawa. Las gargantas del Todrah cuyas aguas son curativas (o eso dicen) serían nuestra siguiente parada.


Ali Afrika Hostel Experience, el surrealismo hecho noche, estaba a punto de comenzar. En frente de un paradisíaco palmeral en Tinerhir se alzaba un edificio que seguía las grietas de la montaña hacia arriba ofreciendo unas vistas inmejorables. Abdul, Ali y Ammit nos ofrecieron el té y nos invitaron a vestirnos con las ropas tradicionales de los beréberes mientras nos cantaban canciones al ritmo del djembé. Esa música se te metía dentro como si de un trance se tratara y creo que todavía hoy la tarareamos sin darnos cuenta.


Por lo general los musulmanes tienen prohibido por la ley coránica beber alcohol, pero los amazighs no son muy seguidores de esta norma en concreto. Botella de vino tinto de Casablanca en mano, la fluidez de la conversación por ambas partes dio lugar a un intercambio cultural en toda regla y, entre el “Flying Free” de Cascada y el “Aicha” de Outlandish las risas estaban aseguradas. Esa noche quedó sellada con unos collares que el extravagante Ali regaló a los más trasnochadores.



Es muy gratificante la sensación de no saber en que día vives, ni mirar la hora en ningún momento de la jornada. La guía es tu estómago, si eso, que te va diciendo cuándo va tocando echarle algo de comer. Es increíble perder la noción de lo bien que te lo estás pasando y lo a gusto que estás con las personas que te acompañan y el entorno que te rodea. Es cierto que no se dejan de lado los problemas, porque cuando vuelvas todo seguirá igual, justo ahí donde lo dejaste. Priorizas dándote cuenta de que estando realmente en el presente es como se disfruta de todo.


Séptimo día de viaje. De la mano de nuestro anfitrión Ali recorremos el majestuoso palmeral que parecía el escenario perfecto para una peli de supervivencia en una isla desierta. Allí descubrimos curiosidades tales como beber de un vaso común que dejan en las diferentes fuentes de agua pura que emana de las montañas, que se puede hacer un collar súper original con forma de camello a base de trenzar las hojas de palmera o que las ocas son más sociables de lo que parece. Ya estábamos listos: el desierto nos esperaba. Atravesamos la puerta de Rissani, o puerta del desierto, donde, entre otras cosas, se experimenta el brutal cambio de temperatura y sientes el calor seco en tus carnes. Es a partir de este punto donde se empiezan a ver las grandes dunas del Sáhara.


La comunidad gnawa


Alcanzamos Kehmliya a pocos kilómetros de Merzouga y a menos de una hora de Argelia. Mahmoud y Moha, el presidente de la comunidad, nos recibieron con los brazos abiertos y con el té servido empezamos a charlar y conocer sus proyectos. A través de su música llevan el ritmo norafricano a todas las partes del mundo. Los gnawa, caracterizados por su origen subsahariano, usan sus cantos, danzas y rituales sincréticos como medio para llegar al trance. Una vez al año, en el Festival de Músicas del Mundo de Essaouira, comparten su folclore contribuyendo así a su difusión y perdurabilidad. Claro que nosotros tendríamos el privilegio de escucharles en directo y en su propia casa.


Danza y música Gnawa a la luz del fuego. Autora: Sara Escribano

El olor a cuscús y tajín nos llamaba y, sentados en la mesa degustando aquellos ya familiares manjares, un grupo de ocho músicos nos ofrecieron su música invitándonos a bailar alrededor de una hoguera improvisada con hojas de palmera. Casi entramos tanto en trance que se nos olvidó que aún no habíamos montado campamento en el desierto. Frontales puestos montamos tiendas para enfrentar la noche más calurosa de la expedición. Nada de cucharitas, más bien “no me toques que me pongo a sudar”. Había un silencio tal que se escuchaban los pasos de los escarabajos negros dándose una vuelta por la lona. En pocas horas nos despertaríamos con el amanecer para caminar por las emblemáticas dunas de Erg Chebbi.


La belleza mágica de Erg Chebbi. Autor: Mario Marty

La llamada al rezo ayudó a ponerse en pie y comenzar un paseito mañanero de hora y media, ida y vuelta, sobre aquella arena dorada en un ambiente que invitaba a la meditación. De hecho, al contemplar tal inmensidad uno se da cuenta de lo pequeños que somos. Fotones tomados, el calor ya se empezaba a sentir de nuevo y pegamos la vuelta para desayunar y recoger campamento (a una velocidad adquirida durante aquellos días innegable) acompañados de las hormigas plateadas del desierto que saltaban a nuestro alrededor.

Xavi, Ibrahim y Mario intercambiándose camisetas en Kemlihya. Autora: Sara Escribano

Ibrahim iba a ser el encargado de enseñarnos el proyecto de la Asociación por el Desarrollo de la Educación y la Solidaridad de Kehmliya. Una conga, y enseñarles a los peques el baile de “la taza” fueron la antesala a las ocho horas de viaje que nos esperaban de vuelta hacia Marrakech. Sin duda nos habríamos quedado más tiempo compartiendo y bailando con aquel grupo de niños y niñas.


Nada tienen que envidiar los castings de OT con las performances que nos marcamos en el camino de vuelta, y es que ocho horas dan para mucho. Iba a ser nuestra última noche juntos y aunque fuese con vino del malo y llegando a las mil, teníamos que celebrarlo.



Recién llegados a la caótica ciudad de Marrakech, que nada tenía que ver con la tranquilidad y pureza de las zonas rurales que habíamos recorrido días atrás, una sorpresa hizo que a todos los expedicionarios se nos cayera una lagrimita, pero eso ya os lo contamos otro día. Solo se puede decir que el amor mueve montañas y eso es más verdad que la imposibilidad de chuparte tu propio codo.


Un detalle: la plaza Jemaa el- Fna, uno de los puntos más concurridos de la ciudad más visitada de África, se convierte en una jungla por la noche y nada tendría que ver con cómo la veríamos por el día. Nos costó bastante encontrar nuestro riad pero, cuando lo hicimos, el cansancio, la tensión y la tristeza de que fuera la última noche se entremezclaron y no podíamos parar de hablar y estar juntos a pesar de querer madrugar al día siguiente para aprovechar bien la jornada. La energía se la debemos a unos frutos secos reservados para “ocasiones críticas” como aquella y a un melón amarillo, ya típico en nuestra dieta.


Marrakech: encanto entre contaminación y caos


Nos despedimos de dos de los expedicionarios del grupo y de nuestra querida Renault Traffic y el resto nos disponemos a explorar en plan exprés la ciudad de Marrakech (me ha salido un pareado). Recorremos las laberínticas calles de la medina, fundada por los almorávides en el 1070, siendo la más extensa de Marruecos. Entre regateos y negociaciones para comprar cualquier cosa susceptible de convertirse en souvenir, y visitas poco amables por la cooperativa de curtidores, comemos en una azotea nuestro último tajín del viaje acompañándolo con pastelas de pollo. Fue un momento muy emotivo y el broche final para un viaje apasionante.


Era el momento de despedirse y hasta que no pisamos de nuevo suelo español no nos dimos cuenta de la intensidad con la que habíamos vivido aquellos días. Hemos tenido la suerte de coincidir un grupo de gente muy muy guay, generando una confianza y un sentimiento de pertenencia al grupo enorme. No podría definir una manera más auténtica de viajar descubriendo lugares que son un misterio para ti, eliminando los prejuicios de un plumazo. La diversidad es un tesoro y viajando con una mirada humana la experiencia es mil veces más profunda y enriquecedora.


Estamos deseando comenzar la próxima aventura y seguir creando momentos mágicos allá donde viajemos. Shukran (6) a todos los miembros de la expedición y shukran especial Be Wild Be Proud (@wildandproud) por hacerlo posible. Con esta gente… cómo no sentirse salvaje y orgulloso, así es fácil. Todo fluye.


Desde luego ha sido un arranque ideal para la línea de Expediciones de Be Wild Be Proud. ¿Y tú? ¿Te apuntas a la siguiente? Vislama!!! (7).


La gente bonita de la Expedición 2021 Marruecos. Autora: Brezo Sintes

Sara Escribano: Periodista, comunicadora, neófita Be Wilder, intensita de nacimiento y loca perdida.


#BeWild #Expedición2021 #Marruecos #Viajes #Reflexiones #Anécdotas #Diario #Desierto #Gnawa #BeDirty #BeHere


(1) Buenas Noches.

(2) Tambor africano de percusión originario de los pueblos del oeste del continente y extendido a día de hoy por diversas zonas de África. Cubierto con piel de cabra se toca con las manos creando ritmos envolventes combinados con voz u otros instrumentos.

(3) Castañuelas metálicas del desierto. Comúnmente utilizadas por el pueblo gnawa quienes las mueven creando un golpeteo agudo que recuerda a las cadenas de los esclavos africanos.

(4) Albóndigas típicas de Marruecos a base de carne picada y especias.

(5) Ermita.

(6) Gracias.

(7) Adiós.

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