Historias Africanas – Ziguinchor, la desvencijada joya de Casamance y cómo llegamos a ella –


Nubes gruesas y completamente negras se cernían amenazadoras sobre el río Casamance. La antigua ciudad de Ziguinchor se encontraba casi vacía, azotada por un viento fuerte que eliminaba los resquicios de ese calor húmedo tan característico del África subtropical. Nacho y yo llegábamos sucios, nuestras camisetas antaño blancas fundidas con el color barro de las calles encharcadas, y un ligero temblor empezaba a recorrernos la espina dorsal. No lluevas cariño, todavía no. Quedaba poco para llegar al puerto. Allí habíamos quedado cinco horas y media antes con nuestros compañeros de viaje, cuando reunidos en la frontera con otro país se nos había ocurrido una loca idea, en lo que en ese momento parecía un recuerdo muy lejano, otro mundo.


Ziguinchor

Ese otro país era Gambia. Allí habíamos pasado los dos últimos meses, trabajando duro para levantar un sueño que habíamos cumplido. La estructura de la Basori-Playing Nursery School lucía ya en el pueblo que habíamos aprendido a amar. Ante ella, los cuatro amigos nos abrazábamos y enfilábamos el camino de salida de aquel terreno, de aquel pueblo, de aquella pequeña gran victoria. Nos acompañaba Bambo, uno de los hombres más espectaculares que he conocido nunca por su gestión de sus recursos. No había nada que Bambo no pudiese conseguir, por muy inverosímil que pareciese. Eso incluía tomates a medianoche o el asesinato de una rata puñetera que vivía en el tejado. Veíamos cómo desaparecía en su antiguo Mercedes mientras nos aseguraba con su perenne sonrisa que “no problem”. Así era Bambo. En un último gesto de bondad infinita, nuestro hombre cargó nuestras pesadas mochilas en el maletero y nos acercó a la frontera con la región sur de Senegal, la llamada Casamance. Allí empezaba todo.


No es sencillo describir la sensación de libertad y aventura que nos invadía en aquel momento. Tras meses de movimientos limitados, la exuberante Casamance se abría ante nuestros ojos como un cuadro pintado de un solo color. Mirases donde mirases solo había verde, árboles inmensos y una carretera serpenteante que se introducía en una zona inmensa de marismas. La imagen idílica solo tenía un pequeño obstáculo: la frontera. Una frontera africana, para ser más precisos. Como “toubabs”, allí éramos un caramelo que empezaba a derretirse. Quizá eso fue lo que hizo que rápidamente apareciese un guardia fronterizo para llevarnos a un pequeño despacho, donde sus jefes nos preguntaron amablemente qué cojones hacíamos allí. Mientras nos despojaban de nuestros documentos y efectos personales de bolsillo, un enorme gambiano con gesto serio y boina militar nos interrogaba. Las casualidades de la vida hicieron acto de presencia cuando aquel adusto funcionario comenzó a utilizar el castellano, fruto de su paso por Barcelona. Tras unos tensos minutos, el guardia relajó su faz en una sonrisa cuando decidió creer en nuestra inocencia y nos acompañó a la salida. Prueba superada.


Una vez más, allí estaba la puerta de la idílica Casamance, pero esta vez cruzábamos sin más impedimentos que el peso de nuestros macutos. A unos minutos andando se encontraba la estación de “autobuses” (gele-gele) de Seleti, el primer pueblo fronterizo senegalés. Apenas 100 km nos separaban de Ziguinchor, pero nuestro escaso presupuesto y nuestro interés por conectar con el ser humano hicieron que nos decidiésemos rápidamente por ir en autostop. Siendo cuatro, lo más inteligente era dividirnos en grupos de a dos, y para hacerlo más interesante planteamos una carrera, un destino y una frecuencia temporal para facilitar nuestro encuentro.


Con el desafío imperando ya en todas nuestras decisiones, nos separamos varios metros en la pugna por conseguir el primer vehículo. Un desconchado BMW blanco conducido por un joven acompañado de dos mujeres y un bebé fue el primero en detenerse delante de Nacho y yo. Aquel coche no iba directo a Ziguinchor, pero la promesa de un nombre desconocido y a sabiendas de que solo había una única carretera nos apretujamos contra una puerta que no terminaba de cerrarse. ¡Y allá íbamos! Con grandes sonrisas saludamos a nuestros dos compañeros que esperaban sentados en la cuneta. Nos reímos mucho. Pensábamos que nada impediría que llegásemos los primeros.


He aquí cómo el destino suele cebarse con los que se confían, como si realmente un designio divino menor disfrutase enormemente poniendo piedras en el camino mientras se ríe a mandíbula batiente desde alguna nube. El glorioso viento que se introducía por las ventanas de aquel BMW blanco y que nos impulsaba a toda velocidad empezó a disminuir en el siguiente pueblo…donde el joven detuvo el coche alegando que aquel era su destino. Lo era, así que nos bajamos. Recuerdo que aquel pueblo era bonito, distinto de los que habíamos conocido en Gambia. La emoción del viaje no perturbó aquel pequeño escollo, así que nos dirigimos hacia el puentecito que hacía las veces de salida del pueblo. Por allí no pasó nadie en media hora, cuando el rugido del motor de un coche llegó a nuestros oídos y levantó a partes iguales nuestra esperanza y nuestros cuerpos. La desilusión más extrema llegó cuando en aquel coche vimos a nuestros dos amigos cómodamente instalados en el asiento trasero, desde donde incluso se tomaron la licencia de pedir al conductor que disminuyese la velocidad para gritarnos entre risas… ” ¡Nos llevan a Ziguinchor!”. Y allá iban, cruzando ese puentecito por el que no pasaba ni un alma. Nacho y yo nos miramos completamente desolados. Aquellos cabrones iban a llegar antes que nosotros salvo que ocurriese algo extraño, algo que en una carretera senegalesa no es tan difícil, por lo que nos sacudimos la sensación de derrota de encima y nos abrimos unos cacahuetes. Algo es algo oye.


Por fin, después de una hora de espera infructuosa apareció un pequeño camión de transporte de… ¡cerveza! Aquello debía ser una señal, y efectivamente el camión se detuvo. Su destino era Bignona, una ciudad media a unos 30 km de Ziguinchor. Nos servía, así que nos subimos y cruzamos al fin aquel maldito puente. Nos acompañaban dos hombres, el conductor y un acompañante del que supimos más a lo largo del viaje y que resultó ser nuestro futuro benefactor. Era bombero en Ziguinchor y también viajaba en autostop, por lo que nos unió a él ese común sentimiento que aparece cuando una persona realiza lo mismo que tú, esa especie de energía humana que hace pensar en un mundo donde todo tiene sentido. Un amigo que admiro me dijo hace tiempo que cualquier cosa que quieras hacer es posible, puesto que hay una o más personas en el mundo que desean hacer lo mismo que tú. Sin saber cómo, la vida te dirigirá a ellas para poner en común la fuerza que os permitirá realizarlo. Esta energía realmente funciona, está ahí y solo hay que atreverse a buscarla para hacerlo patente.


En estas cosas pensaba mientras la belleza verde de la marisma senegalesa brillaba a nuestro alrededor. Nacho dormitaba a mi lado, y relajado pude por fin pude disfrutar de la contemplación de un paisaje que en ocasiones quitaba el aliento. De una zona cubierta por la más espesa vegetación pasábamos sin corte a una explanada tremendamente abierta y cubierta de agua que rodeaba la carretera, acrecentando el sentimiento de unidad con el camino. ¿Qué más daba no llegar el primero a Ziguinchor? Allí no estaba el premio.


Cuando finalmente llegamos a Bignona nos sorprendió una ciudad cuidada y tranquila. Nuestro camión paraba a descargar en un bar-restaurante y llegaba el momento de buscar un nuevo transporte. Era la hora de comer y apenas habíamos probado bocado. Mamadou, el bombero, debió pensar lo mismo porque sin más preámbulo nos invitó a acompañarle al cuartel de la ciudad. Nos prometió que alguno de sus compañeros acuartelados allí vivía en la misma Ziguinchor y que finalizaba su jornada pronto, por lo que no tendría problema en acercarnos. Maravillados por el plan aceptamos y le seguimos. Mamadou era una bestia física, sin mucha envergadura pero con cada músculo del cuerpo esculpido. Sin preguntar se echó al hombro una de mis mochilas y empezó a caminar a una velocidad supersónica que nos tuvo a Nacho y a mí con la lengua colgante en apenas 5 minutos. Llegamos al cuartel de bomberos de Bignona en un santiamén y allí agradecidos esperamos a que Mamadou anunciase nuestra presencia, o eso creíamos. La verdad es que no entendíamos mucho de lo que estaba pasando, pero era tan divertido que allí nos quedamos.


Nuestro interés se vio recompensado cuando a la entrada del cuartel, unos bomberos en descanso nos invitaron a un té. El maravilloso dulzor del ataya y su peculiar chute de cafeína despertaron nuestros sentidos, lo que fue un estupendo preámbulo de la reaparición de Mamadou con una fuente grande de arroz especiado. Así es Senegal, el país de la Teranga, de la hospitalidad más manifiesta, sencilla y humana que jamás he encontrado. Allí no se concibe que alguien pueda comer mientras otro mira. La casualidad nos había reunido y Mamadou se preocupaba de que estuviésemos bien como si realmente tuviese responsabilidad sobre nosotros.


Cuando terminamos, Mamadou, presa de su incontenible fuerza interior, nos apremió para continuar el viaje. Algo de información debimos perder por el camino porque ningún compañero suyo iba a llevarnos a Ziguinchor. Lo entendimos tarde, cuando el bombero paraba un gele-gele y nos pedía las mochilas para ascender rápidamente. Por si algún lector no ha cogido nunca uno de estos transportes, he de mencionar que son destartaladas furgonetas vaciadas por dentro de todo adorno que impida que entren en ellos por lo menos 30 personas apretujadas en bancos de hierro. Por fuera presentan un aspecto estrambótico, pintadas de colores chillones, alabanzas a Allah, cargas inverosímiles en sus techos atadas con cuerdas y siempre uno o dos chavales jóvenes colgados de la puerta de atrás que hacen las veces de acomodadores, cobran los pasajes y tratan de atraer el mayor número de pasajeros a voces. Ante esta tesitura, lo más lógico es pensar que no tienes mucho tiempo para decidir si te subes o no, y así es, ya que hay veces que debes hacerlo casi en movimiento. Hecho este aparte, volvemos a nuestro gele-gele avanzando hacia nuestra posición y a Mamadou pidiendo nuestras mochilas para, en un instante casi mágico, lanzarlas como si fuesen plumas hacia los jóvenes que ya las ataban al techo antes de que pudiésemos decirle a Mamadou que viajábamos en autostop porque no teníamos dinero para transporte.

Veinte segundos después estábamos ya en el interior de aquel horno humano, sonriendo con disculpa a los pasajeros que nos miraban molestos por las dimensiones de dos nuevos traseros que a ojos vista no cabían allí. Mamadou se reía cuando le acercamos unas monedas que costeaban nuestro pasaje y meneaba la cabeza. Nunca lo cogió, como si le resultase increíble y gracioso que no entendiésemos nada. Eso es parte de vivir África.


El motor del gele-gele rugía como luchando por su supervivencia, buscando con sus lamentos un final digno para una vida tan machacada. A veces sorprende cómo es posible que sigan avanzando, pero lo hacen. Transitábamos por una larguísima recta que nos conducía al fin de nuestro viaje. Ziguinchor no quedaba ya lejos, pero el curioso destino que enfrentábamos ese día nos deparaba una última sorpresa. Sin previo aviso, ocurrieron dos cosas a la vez: el gele-gele pareció desplomarse levemente hacia uno de sus vértices mientras un sonido horrible de fricción nos acuchillaba los oídos. El conductor agarró el volante con fuerza y consiguió mantener recto el vehículo mientras frenaba bruscamente. Hicieron falta varios cientos de metros para conseguir detener aquel monstruo infernal entre gritos y lamentos de los que pensábamos que nos dirigíamos ya sin remisión hacia nuestra muerte. Cuando finalmente paramos, un hilillo de humo ascendía de una de las ruedas traseras del autobús, que había reventado y de la que apenas quedaba un colgajo de neumático. Todos empezamos a bajar del gele-gele, pero casi nadie se quejaba. En Senegal no son raros los accidentes de ese tipo, por lo que para muchos senegaleses es solo un elemento más del transporte por sus carreteras, algo inevitable.


La nueva situación nos dejaba algo más desamparados de lo habitual. Nos encontrábamos en medio de la nada, rodeados del bosque verdoso y espeso y todavía a varios kilómetros de Ziguinchor. Nacho y Mamadou se liaban un cigarrillo mientras algún que otro coche pasaba como una centella a nuestro lado y unas preocupantes nubes negras se acercaban por el este. El sol empezaba a caer al otro lado, conformando un paisaje de una belleza pura e inexplicable, salvaje. De pronto vimos desde la cuneta cómo otro gele-gele, más pequeño y abarrotado si cabe, se acercaba por la carretera y frenaba detrás del averiado. El conductor se bajaba a comentar lo ocurrido cuando Mamadou demostró una vez más que estaba a otro nivel. Dejó caer el cigarrillo y rápidamente se subió al primer autobús para desenganchar nuestras mochilas. Nos las pasó y mientras nos las ceñíamos a la espalda empezó a negociar nuestro pase en el nuevo gele-gele con otro de los trabajadores. Nunca supimos qué le contó, pero 5 minutos después subíamos al vehículo los tres y una venerable anciana milenaria aquejada de una tos que ascendía desde lo más profundo de su alma. Tan solo había tres asientos, por lo que tuve que dejar el mío a la no tan agradecida señora y conformarme con un hierro casi invisible que resultó ser una tortura a cada bamboleo que daba aquel desvencijado transporte.


Volvíamos a estar en movimiento gracias a Mamadou. La tormenta nos seguía como un perro peligroso mientras nos dirigíamos hacia el sol. La entrada a Ziguinchor ya se vislumbraba entre la bruma que se levantaba de la marisma y el río sobre la que se asienta, dando a nuestro final de viaje un aspecto épico indeleble en mi memoria. El gele-gele se detenía al fin para alivio de mi cuerpo maltrecho. Nacho, Mamadou y yo nos bajamos y nos despedimos con entusiasmo. El mundo está lleno de amigos que jamás volveremos a ver.


Una vez más con las mochilas a cuestas nos dirigimos al puerto, nuestro punto de encuentro. Allí estaban David y Fonseca, hablando con unos estibadores que nos salvaron esa tarde, aunque esa es otra historia. Al vernos nos señalaron y corrieron hacia nosotros, sonriendo, sin importar ya el desafío que lo inició todo. Habíamos llegado tres horas más tarde de lo acordado, pero no importaba. Empezaban a caer las primeras gotas sobre Ziguinchor, habíamos llegado.


Mario Marty (@mariomartyph)



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