Reconstruir la imagen de África como valor periodístico

Actualizado: 4 de may de 2019

Buenas tardes a todos y a todas, me llamo Mario Marty y acabo de graduarme en periodismo y comunicación audiovisual en la Universidad Rey Juan Carlos. En la presentación de mi Trabajo de Fin de Grado, Eva Matarín (aquí presente), me dio la oportunidad de acudir a estas Jornadas para compartir una de las experiencias más enriquecedoras a nivel personal y profesional de mi corta vida: 4 meses de viaje y trabajo por el continente africano. Pero antes, me gustaría incidir en algunos apuntes de lo que creo haber aprendido sobre el periodismo, su valor social y nuestra responsabilidad como comunicadores.

Recuerdo que en mi primer día de clase en la universidad nos dijeron que la objetividad no existía. Y es cierto, pero tenemos un deber deontológico con ella y con la sociedad a la que representamos. En esta era de sobreinformación siguen existiendo regiones del mundo completamente abandonadas, donde impera la desinformación o el interés negativo. Nos hemos acomodado a los beneficios de internet, pero el verdadero valor periodístico sigue estando en la observación en primera persona, en la investigación rigurosa y participativa. Ahora, más que nunca, nos debemos a los actores implicados en los hechos sobre los que informamos. Debemos tener siempre en la cabeza que, como generadores de opinión pública, tenemos una responsabilidad ineludible para con el devenir de nuestro tiempo. 


Mi objetivo en esta mesa es naturalizar la imagen que se tiene sobre el continente con peor prensa: África. Una imagen denostada, pesimista y destructiva. ¿Alguien recuerda alguna noticia en los periódicos o en la televisión sobre este continente? Estoy seguro de que será difícil desmarcarla de los temas recurrentes y tópicos: el hambre, la guerra, las enfermedades y, por supuesto, la inmigración. 


Recordemos que África es uno de los continentes más grandes de la Tierra, compuesta por 54 países (55, si consideramos el Sáhara Occidental). Una inmensa extensión territorial de una diversidad social, cultural, política y económica tal que hace falta una vida completa para empezar a comprenderla. ¿Cómo es posible entonces que estos males antes mencionados sean endémicos de todo un continente? Es simple: no lo son. No voy a negar aquí la existencia de los grandes problemas de desarrollo africano, pero no se pueden obviar a su vez la existencia de soluciones africanas para estos mismos problemas, como en el caso particular de Gambia y su transición democrática sin sangre, ni en el hecho fácilmente comprobable de la gran cantidad de realidades diferentes que conviven en África y que están alejadas de esta visión paradigmática. 


Hay muchas causas que explican esta parcialidad del discurso. De la gran mayoría apenas podría decir algo con sentido, pero he seleccionado dos causas que a mi juicio explican en parte este relato distanciado y afropesimista actual; una presente y otra histórica. 


Empezando por la más cercana, en el panorama periodístico español apenas existen hoy espacios de reflexión donde se refleje la necesidad de hablar más y mejor de un continente que está creciendo de manera exponencial. Faltan firmas que contemplen la realidad africana, también en España, donde conviven hoy más de un millón de personas procedentes del continente negro. Esta falta de información se traduce en desinterés y desinformación, cuando no se utiliza intencionalmente para atacar los principios de la convivencia y el respeto sociales. Un dato sobre este hecho: en España hay un 8,8% de población inmigrante, mientras que el Eurobarómetro sitúa la cifra de percepción de la inmigración en nuestro país en un 25%. Esto nos dice mucho de la desvirtualización de la realidad, que además sirve de caldo de cultivo para muchos de los movimientos xenófobos que han surgido en Europa durante los últimos años. 


Frente a todo esto, hay que destacar la labor de medios españoles que llevan ya tiempo informando de forma veraz sobre la realidad africana más allá de todos los aspectos negativos, como la sección Planeta Futuro del diario El País o la revista Mundo Negro, por citar algunos ejemplos. Siendo considerable su trabajo, deberíamos fomentar que su discurso no fuese objeto de contenido especializado, sino que formase parte de un relato generalizado que nivelase África con el resto de territorios del mundo, así como contar en nuestros medios con plumas africanas, que lleven al centro informativo la actualidad del continente desde su propio punto de vista para realmente conseguir transformar esta visión. 


Dicho esto, ¿qué ha creado este punto de vista tan limitado y hostil? El discurso del silencio que envuelve los aspectos más positivos de África tiene una causa que alude a los procesos de construcción del ideario colectivo y tiene que ver con su relación histórica con el mundo occidental.  


Recordemos que en 1845, las principales potencias europeas reunidas en la Conferencia de Berlín procedieron al reparto de los territorios africanos en lo que se puede considerar como el pistoletazo de salida al período colonial, que duró de facto hasta bien entrados los años 60 del siglo XX. ¿Cómo justificar y legitimar esta conquista? Echando mano de algunos de los conceptos históricamente aceptados por los pueblos europeos: la inferioridad de la raza negra respecto a la blanca y la concepción de Europa como la región más civilizada del mundo, así como su deber y derecho a terminar con la barbarie y la desolación en la que se sumen todos los demás sin ellos.  

Entonces, ¿cómo podemos contribuir al cambio de un discurso que lleva siglos siendo alimentado? Para responder a esta pregunta voy a situaros rápidamente en el contexto de mi experiencia de trabajo en Gambia. 


Gambia es el país más pequeño del África continental y tiene una población que ronda los 2 millones de personas. Hasta 2017, ha sido regido por la dictadura militar de Yaya Jammeh durante 22 años. En ese 2017, una serie de protestas lideradas por la oposición terminaron en una revuelta popular que exigía la salida de Jammeh del poder. Se celebraron elecciones y el dictador salió perdedor, pero se negó a aceptar el resultado electoral. Solo tras la presión diplomática y efectiva de la Unión Africana y de la Confederación Económica de Estados del África Occidental, sumado a la presión del pueblo, consiguieron finalmente que Jammeh abandonase el país y se refugiase de la justicia en la Guinea Ecuatorial de Obiang. 

En esta situación de cambio social y político me asenté durante dos meses en una aldea del interior del país llamada Basori. Aquí trabajé como fotógrafo y documentalista junto a la ONG española Playing en un proyecto de construcción de una escuela para 90 niñas y niños, y fue aquí en el marco de mi primera experiencia africana, donde me di cuenta de que las sensaciones y realidad que se vivía en aquel lugar distaban con mucho de la imagen que siempre había visto reflejada de África. 


Para cambiar el discurso es necesario centrarse en cómo comunicar esta realidad que se percibe realmente diferente. Es fundamental, primero, el trabajo metodológico que seguimos con las personas de la comunidad para comprender sus distintas formas de vida. Hay que moverse con el principio de la empatía y ser consciente de que la vida allí funciona de forma diferente. No vale con llegar, sacar la cámara y acribillarles a preguntas. Tardamos todo un mes en construir una relación lo suficientemente sólida y natural como para que pudiésemos comenzar a grabar las entrevistas, o a pasearnos con la cámara por el pueblo. Es un proceso que lleva tiempo, partidos de fútbol con los jóvenes, paseos, muchos tés compartidos…. Es necesario construir relaciones de respeto, amistad y cooperación mutuas basadas en la igualdad entre seres humanos que sitúen a la persona como centro de la información periodística. Solo esta inclusión del actor principal en el relato, no ya solo fomentando el despliegue de su punto de vista, sino colaborando con esa persona en la construcción de su propia historia, va a permitir una identificación de cualquier otro ser humano con ella, puesto que entenderá que no son tantas ni tan inabarcables las diferencias que hoy nos separan.  


Durante nuestro trabajo en Gambia conseguimos desprendernos de la imagen del extranjero, del extraño del que se debe desconfiar. Es este el único camino: demos nombres y apellidos, hablemos de hermanas, madres, padres o hijos. Demos cuenta de sus retos y sus problemas, pero también de sus logros, de su esfuerzo, de sus valores, de su desarrollo, de sus estudios y sus trabajos, de sus iniciativas y cultura únicas… ¿Por qué debe ser diferente hablar de África que de Europa? Quizá no lo sea, y quizá ahí esté la clave. Solo así conseguiremos un relato asentado en la realidad que comience a transformar la mirada que aún pesa sobre el continente hermano, para demostrar que, indistintamente de donde procedamos, todos nos movemos y vivimos por unos motivos comunes. 


Muchas gracias

Mario Marty (@mariomartyph)


Esta ponencia tuvo lugar durante la Jornada Internacional "No dejes a nadie atrás: las personas refugiadas y los retos de la comunicación", organizada por ACNUR en la Universidad Complutense de Madrid el 23 de abril de 2019.

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