Historias Africanas - La historia de Efrane, la isla allende los mapas

Esta vez el título puede ser algo presuntuoso, lo admito. No sé absolutamente nada de la historia de esta isla, y tampoco sé si llamar isla a este pequeño montículo de tierra perdido allí donde muere el río Casamance, en Senegal, le hace verdaderamente justicia al término. Pero sí sé dos cosas: cómo llegar, lo cual es bastante útil, y quién vive allí. Creo que estos dos elementos son suficientes para intentar describiros una de las noches más mágicas de mi vida.


Recordando cual fue la primera pista que nos condujo a cuatro barbudos individuos hasta aquel perdido lugar del mundo, no puedo menos que sorprenderme. ¿Qué graciosos desatinos conducen nuestros pasos? ¿Qué divino pervertido puede imaginar tanto recoveco situacional? Cuando empiezo a hilar acontecimientos me doy cuenta de que la vida es un tremendo juego de azares sin sentido hasta que recorres sus caminos, sin prisa y sin frenos. A veces, en contra de lo que diría mi padre, es mejor no pararse y no pensar. Quizá esa sea la única manera de besar el cielo, porque la mano del destino ya está tirando de ti con ansia.


Lo cierto es que todo empezó con un timo y una resaca, como toda buena historia que se precie. Llevábamos ya más de dos meses en aquella parte del África Occidental, lo suficiente para que nuestras inocentes mentes se sintiesen a gusto y relajadas, convencidas de que nada ni nadie podría hacernos ya ningún daño. Estábamos en Ziguinchor, la ciudad más importante del sur senegalés, una bella joya que resiste carcomida a la vera del río Casamance. Paseando entre sus calles había llegado a nuestros oídos la existencia de una pequeña isla que aguardaba casi 80 kilómetros río abajo, un islote de pasado colonial que se erigía justo en la desembocadura: Carabane. Aquel rumor nos devolvió el gusanillo de la aventura. Debíamos llegar allí, pero no lo queríamos hacer de la forma convencional.


Días tras día, desde la azotea de la maravillosa Chez Tina, residencia de la mujer más afable y encantadora que jamás he visto y su receta de yogur natural líquido con leche condensada, veíamos cómo los pescadores se adentraban en el río y volvían con el tramonto cargados de su valiosa mercancía. Observando la postal, una idea descabellada surgió entre nosotros. ¿Podríamos llegar a Carabane en barca? Y aún mejor, ¿podríamos hacer autostop fluvial? Con una sonrisa lobuna descendimos de nuestra atalaya en busca de alguien que no tuviese nada que hacer, alguien a quien llevar a 4 blancos hasta el culo del río le pareciese tan sencillamente fácil como nos parecía a nosotros. No pretendíamos que nadie nos hiciese de taxi, sino aprovechar alguna ruta que partiese del puerto hacia aquellos lares a cambio de nuestra fuerza de trabajo, nuestro buen humor y algo de cerveza.


La vista desde la azotea de Chez Tina

No fue fácil. Recorrimos el puerto, preguntamos, husmeamos…pero nada, no parecía que fuésemos a realizar aquel viaje. Sentíamos como nuestro tiempo en Ziguinchor se acababa, pues no es sencillo apagar la llama de la aventura una vez surge y se retroalimenta entre amigos. En África todo es posible si tienes dinero, pero nosotros viajábamos más bien secos, por lo que solo la divina providencia podía darnos una solución. La Providencia de Ziguinchor se llamaba Falou, un senegalés de cuarenta y tantos años de aspecto juvenil y un pico de oro producto de cruzar el océano, sobrevivir y ganarse la vida durante 20 años en Barcelona. Es alucinante la cantidad de senegaleses que han estado en Barcelona.


Falou nos vio a la legua, sentados en nuestra pequeña terracita mirando al horizonte. La mañana acababa de empezar cuando oímos su voz llamándonos desde el suelo… ¡en español! Nunca creí que el sonido de la lengua materna despertase en nosotros tanto cariño, ni tanta confianza. Bajamos enseguida, nos saludamos, nos reímos, nos abrazamos…el tío era la ostia, majísimo a una escala difícil de reproducir. ¿Podría ser que aquel Falou pudiese ayudarnos en nuestra absurda intentona? Falou nos miró y sonrió. “Es difícil, pero posible. Está lejos, yo tengo una barca. Vosotros tendríais que poner la gasolina, pero lo he hecho un par de veces”. Falou nos dijo un precio asumible que pudimos comprobar con él en la gasolinera. Todo parecía ser una conjunción astral, perspectiva que aumentó cuando vimos su barca enganchada en un amarradero cercano. Pactamos salir a la mañana siguiente, con el amanecer.


Aún era la hora de comer, así que en aras de la reciente amistad que estábamos formando, Falou nos propuso ir a tomarnos algo juntos. El sol apretaba y la promesa de una cerveza bien fría recorriendo nuestras gargantas se antojaba demasiado perfecta, así que seguimos a nuestro nuevo amigo hasta el pequeño restaurante de su hermana. Las cervezas se descorcharon, también algún chupito de una sustancia desconocida, y pronto estábamos inmersos en historias, risas y un sabroso tabulé de pescado con arroz cocinado por una mano maestra que lo ha hecho miles de veces. Fue en este diminuto bar donde vi por primera vez lo que significaba el yuyu, después de haberlo escuchado en repetidas ocasiones en mi periplo por Gambia.


En España existe una expresión coloquial que viene a significar que algo te da mal rollo. Nunca había pensado que una frase que decía cuando no levantaba más de 5 palmos del suelo tuviese un origen tan particular. “Me da yuyu” hace referencia a un ritual mágico ancestral originario de Benín y expandido por todo el África Occidental, una práctica animista que sigue muy presente y que otorga a su portador protección de sangre. No es raro encontrar historias de dictadores o jefes militares en la región cuyos seguidores afirman que es inmortal, que las balas no penetran su cuerpo o que los cuchillos simplemente resbalan en su piel. Sin embargo y más allá de las leyendas y el temeroso respeto que se profesa a los que lo administran, el yuyu, o vudú para entendernos, protege a la sociedad de los males externos y es usual ver a bebés colgados de sus madres con amuletos de cuentas rodeando su cuello o sus muñecas.


Falou portaba uno de estos amuletos y quizá embravecido por la cerveza se avino a hacernos una demostración. Sin pestañear siquiera agarró un cuchillo con punta afilada y se rajó varias veces en los brazos sin causarse herida ni marca alguna. Ante nuestras miradas incrédulas culminó el proceso apuñalándose varias veces en el pecho…y el cuchillo rebotaba. Ante tamaño espectáculo no pudimos más que asistir asombrados, callados por fin durante unos segundos. Fuese truco o no, aquel hombre que acababa de intentar asesinarse delante de nuestros ojos se había ganado nuestra admiración sincera. El día prometía.


De aquel bar salimos horas después dando tumbos, semi abrazados y tremendamente felices. Falou nos llevó a conocer a su madre, a sus amigos, e incluso se ofreció a comprar él mismo la gasolina para la barca. Dado que no habíamos pagado ni un solo CFA por la comida o la bebida accedimos. La noche ya se cernía sobre Ziguinchor, pero Falou seguía con su noble intención de emborracharnos, así que entramos en otro bar y compró una botella de whisky que nos obligó a beber a marchas forzadas. Él mismo apenas se mantenía ya en pie, pero seguía con ganas de fiesta, como si la necesidad insondable de acabar con su vida flotase siempre por su cabeza. Allí, en medio de una calle sin luces pero llena de gente, nos plantamos. Debíamos irnos para conseguir levantarnos a la mañana siguiente y emprender el viaje que nos había llevado a vivir aquel maravilloso día. Falou nos insistía para que nos quedásemos, nos ofrecía la casa de su madre para dormir y pasar la noche, pero esa vez no caímos en las pegajosas redes que creaban sus palabras. Era hora de irse. Nos despedimos entre abrazos sinceros y buenas palabras y vimos cómo se alejaba tambaleante. Aquella fue la última vez que vimos a Falou.


Así que allí estábamos a la mañana siguiente, con dolor de cabeza pero en pie, esperando a nuestro colega. Al principio nos decíamos que se habría dormido, lo cual entraba dentro de las posibilidades, pero a medida que avanzaba el día empezamos a comprender lo que había pasado. Investigando por el puerto empezamos a desmarañar poco a poco el entresijo bien hilado de mentiras que Falou nos había contado, empezando por una barca que no era la suya. Hicimos cuentas y a pesar del palo, no pudimos menos que sonreír. Aquel cabrón lenguaraz nos había timado sí, pero se había gastado nuestro dinero en comida y mucha bebida, más de hecho de la que podía haber comprado con lo que le dimos. Curiosa forma de hacerlo, regalándonos una noche inolvidable.


A pesar de todo, no era una pérdida grande ni nos impedía continuar nuestro viaje, pero sí hizo que abandonásemos la idea de viajar por el río y volvió a despertarnos a la realidad. Rápidamente nos rehicimos e ideamos un nuevo plan. Carabane seguía en nuestra mente, por lo que debíamos llegar al puerto más cercano a la isla por tierra. Antes de marcharnos de Ziguinchor nos acercamos casi sin quererlo a la oficina de turismo. No solemos hacerlo, pero la verdad que puede ser interesante si tu camino no está sometido al tiempo. Allí, detrás de su mesa y colgado al teléfono observando un mapa estaba Charles. Al comentarle nuestra idea se quedó pensativo, y fue en ese momento donde oímos hablar por primera vez de Efrane. Charles nos dio un número de teléfono y nos recomendó echarle un vistazo a aquel lugar. ¿Por qué no? Al fin y al cabo estaba bastante cerca de Carabane. Es curioso, pero fue la primera vez en la vida que he visto que un lugar no aparece en Google Maps. Esa tal Efrane no existía. ¿Quién habría allí? ¿Cómo sería aquel lugar? La aventura estaba servida.


Todo viaje en autostop tiene su historia y este no está exento de cabriolas, pero por una vez pasaré por encima del camino para centrarme en el destino final. Así de especial fue este lugar, capaz de contradecir al mismo Kavafis.


Elinkine

Llegamos a Elinkine a última hora de la tarde, con el apabullante sol africano lamiendo ya casi el río y sus últimos haces de luz perforando una poderosa nube negra que hacía las delicias de mi mirada fotográfica. Desarrugamos el papel que Charles nos había dado y marcamos el número. Al otro lado de la línea nos contestó un hombre que afable nos aseguraba que estaba en camino. Me resulta tremendamente curioso comprobar cómo funcionan a veces las cosas en esta parte del mundo. Puedes tirarte horas esperando ante un escritorio vacío o puede que la reunión que has concertado empiece 3 o 4 horas después de la hora acordada sin más disculpa que una sonrisa, pero otras veces sin mediar palabra alguna hay alguien que sabe de ti y que ha montado todo un plan alrededor tuyo sin contar contigo. Unas veces esto es maravilloso, otras desesperante, pero siempre es desconcertante.


El camino a Efrane

El rugido lejano de un motor de lancha rompía el silencio de aquel pueblecito de pescadores. A lo lejos, un puntito naranja se acercaba a buen ritmo hacia la costa donde nos encontrábamos. La lancha encalló en tierra y de ella saltó un hombre de mediana edad, de manos recias y movimientos ágiles. Era nuestro hombre y venía para llevarnos a la isla de Efrane. Sonaba tentador y ya estábamos allí, así que sin muchos más preámbulos subimos a la barca y comenzamos a cruzar el río, ancho y hermoso, rodeado de manglares.


La deliciosa travesía llegaba a su fin. La lancha se acercaba a un muelle hecho a mano con neumáticos, tierra y madera donde un cartel anunciaba que aquella lengua de terreno era Efrane. Esperando en el muelle, sentado tranquilamente deshojando una brizna de hierba, observándonos se encontraba Mamadou.


Mamadou era un ser extraordinario. Rondaba los 60 años, pero como muchos de sus compatriotas senegaleses parecía haber pactado con el diablo una vitalidad propia de la eterna juventud. Andaba ya un poco inclinado, pero eso no le impedía sentarse en el suelo durante horas a limpiar de malas hierbas su playa mientras canturreaba en djola, o luchar incansablemente contra el ascenso del nivel del agua que amenazaba su pequeño tesoro, levantando pesados neumáticos que rellenaba con arena y hacían de barrera ante el implacable cambio de los tiempos. Antes os decía que no sabía nada de la historia de Efrane, pero no es del todo verdad.


Durante los últimos 15 años, este minúsculo pedazo del mundo ha estado ligado a Mamadou. Él compró el terreno, él lo hizo habitable y él junto a sus hijos mayores ha construido un cómodo paraíso en forma de lodge, con habitaciones en cabañas de madera que escalan los árboles y una casa común donde tiene una cocina a 10 pasos del agua. El silencio y la tranquilidad que allí se respira, dejándote arrullar por el rumor de las olas y la caricia del viento es un placer casi místico. En Efrane pasamos dos noches, seducidos por la inmensidad de la tarea de no hacer nada, solo estar allí, observando, charlando, retozando en el agua cálida y ayudando a Mamadou en lo que pudiésemos.


Una de las habitaciones construidas por Mamadou

Una de esas noches ocurrió algo que nos acompañará por siempre, un regalo de la vida, algo que solo Efrane podía ofrecernos. Era ya noche cerrada; las estrellas cubrían completamente el cielo, dando la impresión de que un verdadero manto de diamantes brillantes se había dispuesto sobre la Tierra. No había luz en Efrane, pero no hacia falta. El suave crepitar de la lumbre nos mantenía reunidos en un círculo amplio, esperando a que el té gambiano empezase a borbotear para retirar la tetera y servir los primeros vasos. De pronto, como en una ensoñación, un leve rumor comenzó a llegar desde el río. Cada vez se hacía más fuerte hasta que lo tuvimos encima. Era otra barca, y en ella un enorme rastafari con un bulto igual de grande a la espalda. El hombre se acercó a nosotros y saludó con cariño a Mamadou y a su familia. Entre bromas en jola (totalmente indescifrables para nosotros) comenzó a descubrir el paquete que había traído consigo: una guitarra acústica. El hijo de Mamadou había desaparecido mientras contemplábamos como hipnotizados cómo Tony, que así se llamaba el recién llegado, afinaba las cuerdas de su instrumento, pero volvió de pronto con varios djembés o tambores tradicionales que repartió con gusto entre nuestros anfitriones.


En ese momento, retumbando los primeros golpes, empezó una nueva noche. Tony entonaba con una voz infinitamente dulce, pero potente y venida de lo más profundo de su ser. Nunca cantaba con los ojos abiertos, como si mantuviese un coloquio interno con las raíces de su persona. Le gustaba cantar en su lengua, el jola, y es que el sentimiento tribal es allí en Casamance más fuerte que en ninguna otra parte de Senegal, un orgullo que han pagado caro a base de sangre y guerrilla. Una de las historias que más gustar contar a los jola es la de Aline Sitoé Diatta, una joven procedente del entorno rural de la Casamance que acabó liderando el movimiento de revuelta y desobediencia de una población autóctona subyugada a las brutalidades del colonialismo francés a mediados del siglo XX. Diatta fue apresada y ejecutada en Malí, pero su leyenda de resistencia le ha dado fama de heroína y es hoy recordada con honores y admiración en todo el país.


La voz de Tony hipnotizaba y los djembés consiguieron levantarnos de nuestros asientos. El ritmo africano exigía su tributo, así que nos entregamos a bailar y patear el suelo hasta que caímos totalmente agotados, jadeantes y felices. La noche siguió adelante, pero algo nuestro se quedó en esa arena blanquísima, en esos hombres que rompían el silencio en un lugar que no existe, uno de esos donde solo el destino puede llevarte...



Mario Marty (@mariomartyph)






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